
El invierno de 1986 fue catalogado como uno de los más fríos de esa década. En las poblaciones de Chile los pobladores desconocían las estufas a gas licuado, solo en algunos hogares había a parafina. La gran mayoría se cobijaba en torno al calor que daba un bracero. El Chile de Augusto Pinochet tenía a un cuarenta por ciento de la población viviendo en la pobreza y extrema pobreza, el desempleo había sobrepasado por más los dos dígitos, y fueron miles las empresas que habían quebrado. La economía chilena caía en picada. En los hospitales no se contaba con profesionales de la salud, ni siquiera en las bodegas se podía apósitos, jeringas o medicamentos.
En tanto, millones de niños y niñas de esos barrios populares no conocían del “Walt Disney chileno”, el parque de diversiones “Fantasilandia”, por el costo de sus entradas. El 26 de enero de 1978 fue inaugurado este centro de entretenimientos, en el Parque O’Higgins. Fue el empresario Gerardo Arteaga que contó con el apoyo del alcalde designado por Pinochet, Patricio Mekis, los que le dieron el vamos. En 1984 Fantasilandia creció en tamaño y era visita obligada de las familias de bien del Chile dictatorial.
Las protestas y paros para terminar con la dictadura
El 11 de mayo de 1983, la Confederación de Trabajadores del Cobre había llamado a la primera protesta nacional. Fueron millones de chilenos y chilenas que por primera vez tocaron las cacerolas en contra del dictador. “¡¡Pan, Trabajo, Justicia y Libertad!”, fue la consigna que recorrió el país. La sorpresa de esa noche fue enorme: los pobladores salieron por centenares de miles a protestar en los barrios y territorios del país.
Para la prensa y los analistas de esa época, la aparición en la arena política de los pobladores era casi desconocida, pero en verdad las organizaciones de pobladores estaban en proceso de reorganización desde el año 1978, en el seno de los trabajadores organizados, cuando la Coordinadora Nacional Sindical (CNS), creó el Departamento de Pobladores de la entidad opositora a la dictadura.
En los albores de los años 80 se formó la Coordinadora Metropolitana de Pobladores y su Departamento Juvenil de Pobladores (DEJUPO), instancia que cobró fuerza y relevancia en 1983 con las tomas realizadas por familias de allegados en terrenos de la zona sur de Santiago, que originaron a los campamentos Raúl Silva Henríquez y Juan Francisco Fresno.
El DEJUPO en realidad era la expresión pública de la Comisión Nacional de Pobladores de la Dirección Central de las Juventudes Comunistas. Al organismo llegaron dirigentes sociales y de comunidades cristianas de las más emblemáticas poblaciones de Santiago, tales como La Victoria, Los Nogales, José María Caro, Violeta Parra, El Cortijo, La Faena, y el barrio Franklin, entre otras.
El objetivo era coordinar y fomentar los derechos a la cultura, la recreación, la vivienda y la salud. También la autodefensa de los y las pobladoras, ante la arremetida de las fuerzas de orden y seguridad en contra de las organizaciones sociales y sus líderes.
El 11 y 12 de agosto de 1983 se llamó a una gran Protesta Nacional. El Ministro del Interior de esa época, Sergio Onofre Jarpa, ordenó sacar a más de 18 mil militares a reprimir la movilización, la que terminó con una treintena de personas asesinadas y centenares de heridos, muchas de ellos a tiros desde vehículos policiales y militares.
La directiva del DEJUPO resolvió entonces tomarse la Embajada de Holanda en Santiago para denunciar las atrocidades de Pinochet y de su Ministro del Interior.
Cinco jóvenes pobladores asumieron la tarea: vestidos de estudiantes de enseñanza media, lograron traspasar las barreras de seguridad que tenían las fuerzas de seguridad en torno de la representación diplomática en la comuna de Providencia e ingresaron cerca de las 11 horas de la mañana. La noticia recorrió el mundo: jóvenes y adolescentes denunciaban al mundo las brutalidades de la dictadura en contra de los pobladores y hacían un llamado a los gobiernos de Europa a repudiar la represión de la dictadura.
La primera acción del DEJUPO puso a esta entidad en la mira de los aparatos de seguridad del régimen, pero también de los medios internacionales de comunicación y los organismos humanitarios.
El DEJUPO pasó a ser reconocido por las distintas instancias de coordinación que existían en las poblaciones de Santiago, pasando a ser un referente. Su presencia en organizaciones base llegaron en 1985 a Valparaíso, Concepción, Talcahuano, Temuco, y Puerto Montt: por el norte, su presencia era desde La Ligua, Los Vilos, Coquimbo, La Serena, Antofagasta e Iquique.

La unidad de los pobladores
En 1985 se realizó el primer encuentro de pobladores a nivel nacional en la Población La Victoria, en donde se acuerda hacer todos los esfuerzos para llegar en 1986 a un gran paro nacional prolongado para terminar con la dictadura.
Durante 1986, se realizó el primer encuentro de organizaciones nacionales de pobladores del país: Por primera vez, las entidades que tenían distintas miradas sobre cómo enfrentar a la dictadura se reunieron en Padre Hurtado, localidad cercana a Santiago. Es esa ocasión se acuerda crean el CUP, Comando Unitario de Pobladores, que reuniría a la Coordinadora Metropolitana de Pobladores, adscrita al Partido Comunista; el Movimiento poblacional Dignidad, a la Izquierda Cristiana; el Movimiento de Pobladores Unidos del sector del Partido Socialista que lideraba Clodomiro Almeyda; la Coordinadora de Agrupaciones Poblacionales COAPO) del MIR, y el Movimiento Solidaridad, vinculado a la Democracia Cristiana.
El rápido avance unitario de las organizaciones nacionales de pobladores, vinculado a la gran cantidad de organizaciones de distinto tipo en cada población del país, y la utilización em los hechos de todas las formas de lucha para enfrentar a la dictadura, llevó a un paso mayor: mostrar al mundo que realmente en Chile los derechos estaban siendo inculcados.
En los albores de 1986, catalogado como el “año decisivo” llevó a los medios informativos nacionales e internacionales a preguntarse cuál sería el rol de los pobladores ese año.
En enero de ese año, habían tenido una reunión en la que participó Gladys Marín y otras líderes clandestinos del PC, con el objetivo de conocer de boca de los dirigentes juveniles el avance de la organización de los jóvenes pobladores.
En una entrevista concedida al diario opositor “Fortín Mapocho” en febrero de ese año, el encargado de organización del DEJUPO, Iván Gutiérrez, señaló: “Deberíamos trabajar por un gran paro nacional para terminar con la dictadura de Pinochet y conquistar la democracia”.
Además señaló que era importante recuperar las juntas de vecinos que estaban desde 1973 en manos de los adeptos a Pinochet.
En marzo, abril y mayo de 1986, los acontecimientos fueron rápidos. Los procesos unitarios de la oposición, agrupada en la Asamblea Nacional de la Civilidad y la irrupción organizada de los estudiantes universitarios y secundarios, al igual que los Colegios Profesionales, se sumaban a la conducción de los trabajadores, agrupados en el CNT (Comando Nacional de Trabajadores).
Nace la idea de una toma diferente
En mayo de ese año, en una casa ubicada en una villa de floreciente comuna de la Florida, al sur oriente de Santiago, se reunió el equipo de jóvenes comunistas del DEJUPO con “Antonio”, dirigente de la Comisión Ejecutiva de las Juventudes Comunistas de Chile.
La reunión, que duró todo el día, no fue muy grata, fue tensa. La dirección de la Jota quería que hiciéramos tomas para denunciar la dictadura, pero en realidad los dirigentes asistentes a la reunión le señalaron al compañero Antonio que “estamos para grandes luchas”.
La verdad es que el movimiento de pobladores había crecido mucho en pocos años, eran cientos los líderes de centros culturales, Centros de Recreación Infantiles y clubes deportivos en todo el país y, aunque en su gran mayoría no eran militantes de la Jota o del Partido, se reconocía a “la Metro” y el DEJUPO por su capacidad de organización y amplitud.
Eran cerca de las 17: 00 horas de ese frío invierno de 1986. La casa de la reunión estaba bien calefaccionada, y la conversación con el representante de la dirección central de la Jota era tensa.
“¿Por qué no nos tomamos Fantasilandia?”, dijo el encargado de organización del DEJUPO. El intercambio ambiente se detuvo y el silencio inundó el comedor del lugar por algunos minutos.
“Antonio” miró a los compañeros y compañeras que estaban en la reunión y dijo: “No creo que estén en capacidad de hacer una hazaña de tal magnitud”.
Los presentes en la reunión se quedaron mirando al compañero y defendieron la idea, ya que todas y todos eran dirigentes sociales y sabían el respaldo que el DEJUPO tenía en el mundo de los pobladores.
Uno de ellos le informó al dirigente nacional que desde hace más de año en la organización contaba con un medio de comunicación, “El Luchin”, y cada 15 días se distribuirán más de 20 mil ejemplares en todo Chile.
La dirigente de la población Villa Sur, Claudia Álvarez señaló: “Hasta El Mercurio no hace propaganda. Sacó un reportaje sobre los medios opositores no legales que entregaban información a sus sectores. Entre los medios alternativos mencionaba el Luchin”.
Al final de la reunión, el compañero Antonio dijo: “Bueno, compañeros, han decidido hacer lo imposible. Ayudaremos en la tarea”.
Preparando la Toma de Fantasilandia
Ya se había convocado a un gran Paro Nacional 2 y 3 de julio de 1986. Solo teníamos dos meses para llevar a cientos de niños junto a sus padres a tomarnos Fantasilandia. La verdad es que en poco tiempo contábamos con 100 familias que nos acompañarían, pero la verdad es que en cada población la noticia corrió como alma perseguida por el diablo.
Las reuniones de coordinación en los barrios y poblaciones fueron creciendo. La rabia y el descontento con Pinochet y su dictadura eran más fuertes y la posibilidad de tomarse el centro de recreación más importante del país era un fruto muy dulce para no degustar.
Desde “La Metro” la preocupación sobre que quedara “una gran cagada” era mayúscula. Los “viejos” estaban asustados: “Los cabros se han ido en la dura y no los podemos dejar solos”.
De hecho, el PC empezó a ver que de cientos pasaron muy rápidamente a poco más de mil los que querían ir a Fantasilandia. “Es mucha gente y la represión puede ser brutal”, sostuvo un dirigente de “La Metro”.
Lo cierto es que cada paso era estudiado meticulosamente por los equipos especializados del PC. Se tenía claro que debía ser el domingo 29 de junio de 1986 a las 15:00 horas, con la salvedad que si existía la presencia de la militares, fuerzas militarizadas de carabineros o de agentes de la CNI se suspendería todo.
No menor fue que en las tres primeras semanas de junio las instalaciones de Fantasilandia fueron chequeadas para asegurar la entrada y la salida de familias y sus niños. Más aún se analizaron las acciones de defensa en caso que la represión actuara en contra los asistentes al centro de diversión infantil.
En las reuniones con los dirigentes en las poblaciones, ellos también habían hecho sus propios chequeos y todos concordamos que hasta horas antes de la toma, pocas personas que sabían de los detalles de la acción.
OCARIN: Gastón y Ruth Baltra
Un aspecto fundamental en la toma de Fantasilandia fueron los hermanos Baltra, Ruth y Gastón, quienes al mando de la Organización de la Cultura y el Arte Infanti (OCARIN) entregaron el apoyo para coordinar las actividades que se realizarían ese día hasta la toma.
Las delegaciones de organismos sociales empezaron a llegar al Parque O’Higgins desde las 10 de la mañana de ese domingo. El día nos recibió con un agradable sol y un temperada ambiente que alejaba al frío invernal. El tecito o el cafecito y la leche con chocolate, junto a la rica marraqueta con chancho, corrieron de mano en mano.
Durante los juegos se acercaron unos guardias de la Municipalidad de Santiago, controlada por la dictadura, para preguntarnos qué estábamos haciendo en el lugar. Les señalamos que estábamos haciendo un paseo infantil al Parque ya que las semanas anteriores había llovido mucho y era importante sacar a los niños a pasear.
Aunque la visita de los funcionarios municipales puso en alerta a los equipos espaciales, al pasar los minutos los encargados de nuestra seguridad nos informaron que no se observaba presencia de policías, militares o CNI en el lugar.
Los cabros chicos que hicieron historia
Poco a poco nos fuimos acercándonos al centro de eventos infantiles que está ubicado a un costado de la gran explanada donde hay marchas militares en el Día de las Glorias al Ejército.
Los encargados de la protección de la acción nos avisaron de forma urgente: “Compañeros, la seguridad de Fantasilandia cambió los candados y las cadenas, ahora son más grandes. Es imposible abrirlas2, sentenciaron.
Unos cabros chicos de la Población La Victoria, al escuchar por casualidad la conversación y la determinación que se estaría tomado de no ingresar al lugar nos señalaron:
–Tío, tío, nosotros podemos abrir los candados.
Uno de los compañeros le dijo a los niños: “No molesten. Es imposible ingresar. Vayan donde sus padres. Nos vamos para la casa”.
No contentos con la respuesta del compañero, los niños corrieron hacia las puertas de Fantasilandia y al ver que no había guardias, con inaudita habilidad abrieron los candados y nos llamaron para que ingresáramos.
En menos de un gallo, al sonar de unos pitos, más de dos mil personas –padres, hijos, tías, tías– ingresamos al centro de diversiones infantiles más grande de Chile.
Eran cerca de las 17.30 horas. El sol se retiraba lentamente entre los árboles del Parque O’Higgins. Los niños disfrutaban de los juegos, junto a los otros niños que junto a sus padres habían pagado la entrada al recinto.
Por los parlantes del recinto se escuchó: “A las organizaciones invitadas por Fantasilandia por favor acercarse a las oficinas centrales”.
Nos juntamos los organizadores y se resolvió que deberían ir a la reunión la compañera de Villa Sur, Claudia Álvarez, junto a otros dirigentes a conversar con las autoridades.
Los ejecutivos de Fantasilandia señalaron a los dirigentes del DEJUPO y a Ruth Baltra que el lugar está siendo rodeado por fuerzas especiales de Carabineros y agentes de la CNI. “Deben dejar el lugar o ingresara la policía”, sentenciaron.
Ruth Baltra respondió: “Usted se puede imaginar que si carabineros ingresa al lugar, la estampida que se puede producir. La cantidad de personas heridas y hasta muertos. Sugiero que pida el retiro de carabineros y de los agentes de la CNI, y nosotros en media hora nos retiramos con un agradecimiento público a la invitación realizada por Fantasilandia a los niños y niñas más vulnerables de nuestro país”.
A las 18:00 horas las delegaciones salieron del lugar. Ningún niño o niña se perdió, ningún niño o niña fue herido. Todos llegaron a sus hogares esa tarde del 29 de junio 1986.
Unas semanas después, los ejecutivos de Fantasilandia llamaron a DEJUPO a una reunión. Agradecieron su nivel de organización y nos entregaron más de 6 mil entradas para que las niños y niñas de los barrios y poblaciones más pobres de Chile, cada semana fueran a conocer Fantasilandia y divertirse en los juegos más modernos de América Latina.
Se había logrado avanzar en un derecho: el derecho a la recreación.
Aunque la prensa opositora de la época sabía de esta acción del pueblo organizado, los tambores radiales nunca sonaron para mostrar al mundo lo ocurrido, y que la Rebelión Popular de Masas era, también y principalmente, redes comunitarias, movilización social y acción cultural.
Por Iván Antonio Gutiérrez Lozano. El autor es periodista. Fue dirigente del DEJUPO en 1986.
Santiago, 11 de enero de 2026.
Crónica Digital.