
Amanecí ese martes 11 de septiembre de 1973 en casa de Karina, la que era en ese entonces mi polola. La noche anterior había llegado en tren desde Santiago. Vivía en Gómez Carreño en los cerros de Viña, detrás de Las Salinas, pero como había serios problemas de transporte era casi imposible llegar a mi casa a esa hora decidí entonces irme a la casa de Karina. Esta quedaba en el Cerro Alegre cerca de la estación ferroviaria de Valparaíso. Desde allí se podía llegar caminando, había que subir un poco de cerro, pero no estaba lejos del plan. Pensé en un momento quedarme en el local de la Jota, donde militaba desde los 14 años, pero al final decidí no hacerlo pensando que al otro día tenía clases en la Universidad y necesitaba dormir bien. Estudiaba en la Universidad Católica de Valparaíso el segundo año de la carrera de Ingeniería electrónica. Había cumplido el mes anterior mis 20 años. Todo se desarrollaba según lo que me parecía debía ser: estudiar la carrera que me gustaba, tener un gobierno popular, sí, realmente popular, una polola que era un 7, amigos, compañeros, participando de la vida política, social y familiar con intensidad.
De repente, como diría Neruda en su “España en el corazón”:
“Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!”.
Ese 11 me despertó Karina. Me dijo que había recibido una llamada de un compañero que le contó que el plano de Valparaíso estaba tomado por los marinos y que el local de la Jota estaba siendo allanado y se llevaban detenidos a los que allí estaban. Podría haber sido mi suerte si la decisión del día anterior hubiese sido quedarme allí, pero estaba “a salvo” en casa de mi polola. Lo primero fue escuchar la radio. Era difícil saber la dimensión de lo que estaba pasando. Luego fuimos entendiendo que era un Golpe de Estado y para el caso decidí hacer lo que habíamos acordado con mis compañeros de la Jota de la Universidad en caso de que pasara algo así.
Cerca del mediodía salgo de la casa donde estaba y comienzo a caminar por los cerros. Sabía que no podía bajar al plano, ya que estaba copado por marinos de la Armada, los que controlaban todas las bajadas desde los cerros. El plan era llegar al Cerro Los Placeres donde estaba la casa que habíamos definido con antelación como punto de encuentro. No sé cuánto demoré, pero fue largo. El Cerro Los Placeres está detrás de la Universidad Federico Santa María, casi en el límite con Viña y el Cerro Alegre está detrás de lo que era entonces la Intendencia de Valparaíso. Caminé y caminé, bajar y subir. Cerro Cárcel; Bellavista; La Cruz; Las Cañas; La Merced; Lecheros; Barón y al final Los Placeres donde llego a la casa prevista. Golpeó y nada, nadie responde, nadie abre, estoy en la calle, ¿qué hacer? ¿volver a la casa de Karina? Eran como las 16 horas, y en eso, desde una casa, escucho una radio que dice: “Se impone toque de queda desde la 16:30 horas.
Imposible devolverme. No puedo decir que tuve pánico, nunca en mi vida lo he tenido, pero sí preocupación. Lo último que me quedaba era golpear en cualquier casa, explicarle que no alcanzaba a llegar a mi casa y pedir quedar bajo techo, refugiado en un hogar; pero justo veo a dos personas caminando y reconozco haber visto a una de ellas algún día en el local de la Jota. Fuera de eso no los conocía, y me quedó claro que ellos a mí tampoco. Me acerqué y les conté que tenía que juntarme con mis compañeros en una casa y que no encontré a nadie, que me ayudaran. Me miraron con la desconfianza que el contexto ameritaba, y uno de ellos me dijo: “Te vamos a llevar a una casa donde alguno debe conocerte, sino ya sabís lo que te va a pasar”. Con tono amenazante, me insinuaba una golpiza, en ese tiempo era habitual las peleas callejeras entre rivales políticos. Así llegamos a una casa, siempre dentro de Los Placeres, golpearon y salió una persona joven, me mira y dice no conocerme, sale otro y dice que tampoco, creo que se alistaban a golpearme y veo asomarse a un tercero, y dice, sí yo lo conozco, tus compañeros están en tal casa. Alma al cuerpo. Más que a la golpiza, que por supuesto no deseaba, mi preocupación era qué hacer, donde quedarme, ya eran como la 17:00 horas, toque de queda vigente y sin saber qué hacer. Lo único bueno es que los militares no subían los cerros hasta ese momento, sólo se mantenían en el plan, como se dice en el puerto a la parte plana de Valparaíso.
Al final me llevan a una casa muy cerca de donde estaba y allí encuentro a mis compañeros. Eran más de 10. Una señora que vivía sola había prestado su casa. Ella, como mucha gente en todo el país ayudaba a mantener y proteger a muchos que debían esconderse o comenzaron desde el primer día a organizarse para luchar contra la dictadura.
La verdad es que no me acuerdo de los detalles en cuanto a cómo teníamos comida para todos, donde dormíamos y como pasaban los días, sólo que escuchábamos radios del extranjero que daban más información de lo que pasaba que las radios chilenas que estaban todas intervenidas por los militares.
Si nos juntamos era porque pensábamos que se podía hacer algo. Los rumores eran pan de cada día, que el general Carlos Prats venía del sur con tropas para enfrentar a Pinochet, que llegarían armas para defender al gobierno. Así comenzaron a pasar los días, uno, dos, tres y así. Como no pasaba nada que diera una esperanza de que habría una arremetida contra los golpistas, el grupo se comenzó a desintegrar, cada uno para su lado. Habrán pasado como 10 días y me tocó salir. No sabía que iba a encontrar, a que me iba enfrentar. Las comunicaciones en esa época no eran como lo son ahora, así que era todo más lento.
Bajar el cerro y esperar la micro hacia el puerto. Me ubico en un paradero afuera de la caleta Portales, varios milicos estacionados cerca del paradero. Mientras esperaba, veo un camión con pescados para vender, los milicos se le acercan y le preguntan a cuanto lo venden, cuando dan el precio un milico dice: “Bájelo a la mitad”. Así comenzaron a venderlo con un nuevo precio. Luego se acercaron a un muchacho con el pelo largo y le pidieron el carnet y le dicen: “Anda a buscarlo mañana al cuartel pero con el pelo corto”. Eran dueños y señores de su entorno. Por suerte a mí no me pidieron nada, tenía el pelo más o menos corto.
Sabía que no podía volver a mi casa; mejor decir ya no tenía casa. Mi padre, mi madre y mi hermana menor tuvieron que salir arrancando el mismo 11 desde la casa. Mi padre era un conocido dirigente del Partido Comunista y diputado por Valparaíso, era por tanto objetivo de los milicos para detenerlo. Lo que me quedaba era volver a la casa de Karina, pero no sabía la situación en que estaban, si habían sido allanados o no. Así que decidí acercarme a la casa de la polola del hermano de Karina y preguntarle que sabía. Ella entonces me pidió que esperara en una plaza y fue a la casa del Cerro Alegre, como a la hora volvió y me dijo que estaba tranquilo y que fuera para allá, que me esperaban. A esa altura nada sabía de mi familia. Luego me enteré que mi hermano mayor estaba preso en el Estadio Nacional y que mi hermana menor, que tenía 16 años, estaba detenida en el Buque Escuela Esmeralda.
La casa del cerro Alegre era un buen refugio. El acceso se encontraba al final de una calle que terminaba allí con el frontis de una casa, al costado había una puerta de fierro y luego una escalera. La casa estaba debajo de la que daba a la calle pero eran casas independientes. Tenía vista al muelle Prat, desde donde salen las lanchas de paseo y está rodeado de barcos. Era una casa antigua que sobresalía del cerro, una parte empotrada en el cerro y la otra en pilares de cemento, luego una escalera para llegar al patio y luego otra escalera hacia un segundo patio, ambos tipo terraza.
Al principio nada sabía de mi familia, al tiempo después supe lo de mi hermano en el Estadio Nacional y de mi hermana en la Esmeralda. Supe también que luego del buque la llevaron a una comisaría de menores que estaba a dos casas de donde yo estaba. Claramente, pasé más de una vez por fuera de esta sin saber que allí estaba detenida Lili, mi hermana menor.
Poco antes de fin de año pude saber de mi madre, la que fue a verme a finales de año a la casa de Cerro Alegre.
Todo esto fue el comienzo de un tremendo cambio en mi vida. No podía seguir estudiando porque tenía prohibido ingresar a la universidad. No podía trabajar porque no me daban trabajo, alguien que me quiso dar trabajo al ver mi nombre le dio temor.
Ese 11 de septiembre significó un cambio brutal en mi vida, así como en la de millones de chilenos. Allí comenzó un largo camino de lucha contra la dictadura brutal y sangrienta. En el camino quedaron muchos amigos y algunos familiares que fueron asesinados o detenidos y desaparecidos como mi tío Eduardo y mi prima Clara, que fue detenida cuando tenía 21 años y era madre de dos pequeñas niñas. Hasta hoy no se sabe dónde está, quizás enterrada en un pozo o bajo las olas del mar. Hasta hoy no hay un valiente soldado que sea capaz de contar la verdad. Mi tía y tío, sus padres, ya fallecieron con el dolor de no saber qué pasó con ella. Quienes hablan de olvido no saben el daño que se causó y lo peor es que el olvido puede traernos otra vez esos horrores que hoy tristemente se justifican por algunos, aquellos para los que el negocio es más importante que la vida de otros.
Sobreviviente tal vez es la palabra que más se ajusta a lo que viví y lo que vivo. Estuve dispuesto a darlo todo sin temor a perder la vida.
Hoy la vida para mi es importante por mi hija, mi hijo y mi nieto que son hermosos, buenos y con futuro mientras haya democracia. Hay que defender la democracia y mejorarla y no permitir que la ultraderecha la destruya.
Para que nunca más haya dictadura no debemos olvidar los horrores del pasado.
Por Manuel Bernado Cantero Arancibia.
Imagen tomada del libro “El Golpe en Valparaíso” de Manuel Salazar y Nelson H. Muñoz (LOM, 2023).
Santiago, 13 de enero de 2026.
Crónica Digital.