Cambio de mando y alquimia, cuando el plomo se nos vende como oro  – Crónica Digital

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Cambio de mando y alquimia, cuando el plomo se nos vende como oro  – Crónica Digital

Por Claudio Acuña

El año pasado, a partir de un experimento desarrollado en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), se logró ejecutar uno de los viejos anhelos de la humanidad: transmutar el plomo en oro.

Desde el punto de vista físico, la transmutación del plomo en oro implica modificar la materia en su nivel más elemental. Para ello es necesario reducir el número de protones en el núcleo del átomo de plomo, pasando de 82 a 79. En el experimento realizado en el LHC, esta transformación duró apenas un suspiro y para que realizarla fue necesario acelerar partículas a velocidades cercanas a la de la luz para convertir, de manera temporal, apenas unos pocos átomos de plomo en oro y otros metales, como mercurio y talio.

El sueño de transformar plomo en oro no es nuevo. Durante siglos fue uno de los objetivos centrales de la alquimia. Lo que hoy puede parecer un delirio fue, en su contexto histórico, una protociencia que sentó las bases de la química moderna. Incluso figuras fundamentales de la ciencia, como Isaac Newton, dedicaron parte importante de su vida a estos estudios. Newton, como tantos otros pensadores de su tiempo, vivía en una tensión constante entre el racionalismo emergente y una cosmovisión profundamente teológica. En sus escritos, las leyes de la naturaleza aparecían como un orden fijado por Dios. En ese marco intelectual, la idea de que los metales pudieran transformarse unos en otros no resultaba absurda. El oro era concebido como el metal perfecto: incorruptible, eterno, el estado final al que los demás metales tenderían naturalmente. El plomo, en cambio, que representa casi lo opuesto, fue utilizado extensamente por la humanidad y, hasta bien entrado el siglo XX, estuvo presente en cristalería, pinturas, juguetes, vitrales, soldaduras, aleaciones e incluso como aditivo en la gasolina, dejando una huella tóxica profunda y duradera en nuestras ciudades.

Hoy sabemos que el plomo se acumula en el organismo con el tiempo y que esta acumulación puede provocar una intoxicación crónica conocida como saturnismo, caracterizada por graves daños neurológicos y sistémicos. Entendiendo la toxicidad de estos metales, a veces resulta difícil comprender cómo quienes crecimos en el siglo pasado sobrevivimos a una exposición cotidiana a metales pesados, combustibles contaminantes, la dictadura, el gobierno de Frei hijo, además de toda clase de experimentos industriales a gran escala. Y, aun así, pese a todo, logramos no volvernos más idiotas que otras generaciones humanas.

La idea de transformar un metal tóxico en oro siempre fue una metáfora poderosa: la promesa de tomar algo imperfecto y convertirlo en algo superior. En términos de nuestro país, esto a atravesado la política y puede ser usado como un buen ejemplo. El gobierno de Gabriel Boric llegó al poder con una promesa de ese tipo: transformar un país marcado por la desigualdad, la crisis institucional y la frustración social en una nueva etapa política, un país más justo y en vías del desarrollo en base a la ciencia. Era un Chile que se caía a pedazos en las postrimerías del segundo gobierno de Piñera, en medio de un evidente desgobierno que, en los hechos, terminó requiriendo una suerte de administración de emergencia, con el apoyo de la derecha civilizada.

Durante algún tiempo, las promesas de cambio que venían del estallido social dieron luces para creer que esa alquimia podía ocurrir, jubilaciones justas, mejores derechos laborales, fin al CAE, no más AFP y tantos otros. No debo negar que hubo destellos: algunos ministros, ciertas reformas puntuales y un discurso que prometía renovación, así como malas decisiones como en el Ministerio de Interior, entre otras. Sin embargo, con el paso de los años quedó claro que aquello que parecía transmutación era apenas un reflejo momentáneo. La supuesta alquimia terminó chocando con una mezcla de mala administración, un escenario internacional adverso, y lo peor aún en el retroceso en principios fundamentales -como el TPP‑11- . Sumado a un presidente que, demasiadas veces a mi juicio, pareció más preocupado de su lugar en la historia, que de cumplir el programa por el cual fue electo, dejó la mesa servida para quien no propuso nada más que decir que “cambiará las cosas” y sin una mínima propuesta coherente, como lo hizo el candidato Kast.

Chile acaba de vivir un nuevo cambio de mando. Pero esta vez la promesa ya no es transformar el plomo en oro. Lo que aparece en el horizonte es algo distinto: una política que pretende convencernos de que el plomo ya es oro, o peor aún, que es posible consumirlo. Es un triunfo de la democracia (siendo sincero no sé qué signo poner si exclamación o interrogación), pero si con un claro casi 60 % de la población de apoyo. Una población que probablemente es una sumatoria de dolores, con aquellos que creen que este cambio no puede ser peor que las promesas incumplidas por Boric, otro que lo consumió la batalla cultural que desacredita a la izquierda, y desafortunadamente al día de hoy, un porcentaje que comulga con el odio de la ultraderecha. Los nuevos alquimistas han llegado al poder con una retórica que mezcla nostalgia dictatorial, moralismo pechoño, soluciones aparentemente simples para problemas complejos, y de forma preocupante, el acercamiento al mundo internacional de ideales un poco complejos. Su visión política recuerda más a la teología medieval que a la prudencia republicana. Incluso antes de asumir, el tono de la nueva administración ya se anunciaba con propuestas que incluyen indulgencias para criminales psicópatas por el solo hecho de haber envejecido, mientras se anuncian castigos económicos para quienes trabajaron toda una vida, reduciendo las pensiones de los jubilados, aplicando hoy mismo políticas de destrucción del estado y lo que es más peligroso aún, que sus discursos de odio, legitima el maltrato a minorías.

La metáfora alquímica vuelve entonces con toda su fuerza. Porque la verdadera pregunta no es si la política puede transformar el plomo en oro. La pregunta es cómo se logra que el plomo pueda venderse como si fuera oro. Queda por ver si el proyecto político de José Kast, como lo llama su amigo Trump, hará que la promesa de su alquimia se revele como lo que siempre fue: una ilusión destinada a ocultar la toxicidad del material con el que realmente se está trabajando. Esperemos que solo haya sido una mala promesa de campaña.

Claudio Acuña es Bioquímico y doctor en Ciencias Biomédicas, académico de la Universidad de Santiago.

Santiago de Chile, 21 de marzo 2026
Crónica Digital

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