
Por José Campusano Alarcón
En diálogo con Daniel Jadue (Observatorio de la Crisis, 22 de enero 2026),
Guillermo Pickering (El Mostrador, 20 mar. 2026) y el debate en curso
1. Tres voces, un debate inconcluso
El debate abierto por Daniel Jadue el 22 de enero de 2026, sobre el derecho internacional y la lógica imperial, planteó una pregunta que sigue sin respuesta plena: ¿desde dónde se critica el orden global capitalista y qué tipo de crítica es estratégicamente útil?
Este debate no enfrenta simplemente posiciones divergentes, sino niveles distintos de análisis de una misma realidad. La crítica jurídica del orden internacional, la advertencia históricocivilizacional sobre los límites del poder y el análisis de las condiciones materiales de reproducción del sistema no son perspectivas excluyentes, sino dimensiones que operan simultáneamente. La cuestión decisiva no es elegir entre ellas, sino comprender cómo se articulan, qué explica cada una y qué queda fuera cuando se las absolutiza.
La distinción entre una crítica que opera en el plano de la geopolítica y una que desciende al territorio de las relaciones de clase no es un tecnicismo teórico; define cuáles son los sujetos del cambio, cuáles son las alianzas posibles y cuáles los errores a evitar.
El artículo de Guillermo Pickering en El Mostrador del 20 de marzo de 2026 extiende ese debate hacia un ángulo distinto y valioso: el de la memoria histórica como advertencia estratégica. Pickering —abogado, político demócrata cristiano, exsubsecretario del Interior durante el gobierno de Eduardo Frei RuizTagle, e hijo del general constitucionalista Guillermo Pickering Vásquez, uno de los oficiales que se negó a participar en el golpe de 1973 y renunció al Ejército antes del 11 de septiembre— trae al debate algo que la izquierda a veces subestima: la capacidad de la memoria civilizacional para desgastar proyectos de dominación que se creen invencibles.
Su advertencia sobre Carras, sobre la profundidad histórica de Irán y sobre la soberbia imperial tiene un peso político real, y viene de una trayectoria que merece reconocimiento explícito: no es frecuente que desde el centro político chileno, con esa genealogía familiar y esa inserción institucional, se escriba con esta claridad sobre los límites del poder imperial.
Sin embargo, el debate no puede detenerse ahí. La pregunta que el artículo de Jadue dejó abierta es precisamente la que la advertencia de Pickering no termina de responder: ¿qué hace que los poderosos no aprendan de Carras? ¿Es ignorancia, soberbia, o hay algo estructural que los empuja hacia esos errores independientemente de su nivel de ilustración?
Planteada en estos términos, la pregunta obliga a articular los distintos niveles del problema: el jurídico, el histórico y el material. El análisis concreto de las condiciones materiales cambia completamente el diagnóstico y, con él, las posibilidades de acción.
Para desarrollarla sugiero utilizar cuatro movimientos: primero, situar la guerra contra Irán y el conflicto en Ucrania no como errores de cálculo sino como expresiones de tendencias estructurales del capital en crisis; segundo, un diálogo constructivo con el artículo de Pickering que reconoce sus aportes reales y señala los límites internos de su propio marco de análisis; tercero, aplicar el mismo análisis al gobierno de Kast en Chile; y cuarto, plantear la pregunta sobre el sujeto histórico que tanto el análisis geopolítico como el humanista dejan sin respuesta.
2. La guerra como tendencia estructural: por qué los poderosos no aprenden de Carras
La pregunta que Pickering deja implícita —¿por qué los imperios repiten el error de Craso?— tiene dos tipos de respuesta posibles. La primera es cultural e individualista: los poderosos no leen la historia, o la leen mal, o sucumben a la soberbia. La segunda, que es la que la dialéctica materialista ofrece, es estructural: las clases dominantes no pueden simplemente «optar» por no cometer estos errores porque sus propias condiciones de reproducción —la presión de los accionistas, la competencia entre potencias, la lógica del complejo militarindustrial— configuran un campo de posibilidades que tiende a privilegiar ciertas salidas por sobre otras, incluso cuando la historia ya ha mostrado sus consecuencias.
Pero aquí es necesario un matiz: no se trata de un actor único y coherente. Dentro del bloque dominante estadounidense conviven fracciones con intereses a veces contradictorios: el capital financiero de la costa este, más ligado al multilateralismo y a la estabilidad del dólar; el complejo militarindustrial, con su propia inercia presupuestaria; y el capital tecnológico de la costa oeste, cuya relación con el Estado es más ambivalente. Que la política exterior de EE.UU. oscile entre el belicismo trumpista y un retorno retórico al “orden basado en reglas” no expresa una estrategia maestra, sino la puja interna entre estas fracciones. El “error de Craso” no es solo imperial, es también intestino. Los poderosos no aprenden porque dentro de su propio campo nadie tiene la capacidad de imponer una estrategia coherente de largo plazo.
Planteadas así, ambas respuestas no se excluyen, sino que operan en niveles distintos del mismo problema: la dimensión cultural describe cómo se perciben las decisiones, mientras la dimensión estructural explica por qué tienden a repetirse. Trump y Netanyahu no son estadistas ignorantes de Plutarco; son ejecutores funcionales de una lógica que los excede. Y esa misma lógica, con sus especificidades, opera también en Moscú y en Pekín.
Sobreacumulación y los límites de la financiarización
La tasa de ganancia del sector corporativo no financiero de EE.UU. cayó un 27% entre 1945 y 2021, con un mínimo histórico en 2020, según los cálculos de Michael Roberts basados en la base de datos de Basu y Wasner. La deuda pública de EE.UU. alcanzó el 121% del PIB en 2024, con dos degradaciones soberanas —Standard & Poor’s en 2011, Fitch en 2023— que señalan los límites estructurales de la financiarización como salida a la crisis de valorización.
Estos indicadores no determinan mecánicamente la guerra, pero configuran un entorno de restricciones en el que ciertas opciones —expansión externa, presión sobre recursos estratégicos, proyección militar— se vuelven recurrentes.
La ecuación del petrodólar y el nodo iraní
El sistema financiero global sigue denominado en dólares en parte porque el comercio del petróleo del Golfo se realiza en esa moneda. Irán, con capacidad para cerrar el estrecho de Ormuz —por donde transita alrededor del 20% del petróleo mundial— y con acuerdos de desdolarización progresiva con China, representa el nodo que puede desacoplar esa cadena.
Aquí la dimensión geopolítica —control territorial y militar— y la dimensión económica —moneda, energía, acumulación— se superponen sin reducirse una a la otra.
La amenaza no es solo militar: es monetaria y estructural para el modo de acumulación dominante. Una primera semana de operaciones contra Irán le costó a EE.UU. más de 11.000 millones de dólares, con una tasa de consumo de municiones que el propio Pentágono reconoció como insostenible. Aquí está la actualización precisa del error de Craso: no es la soberbia del estadista sino la contradicción entre riqueza financiera y capacidad productiva real.
Ucrania: guerra geopolítica y sus dos niveles analíticos
El conflicto en Ucrania es el caso que permite aplicar con mayor claridad la distinción central de este debate, donde entender la coherencia interna de la lógica de un actor no equivale a legitimarlo como proyecto emancipador.
En el nivel clausewitziano —el del mapa geopolítico— la guerra tiene una coherencia interna que el análisis honesto no puede ignorar. Ese nivel no es ilusorio ni secundario. Describe relaciones efectivas de poder entre Estados y configura el campo en que se despliegan las decisiones.
La denominada Operación Militar Especial rusa de febrero de 2022, responde a una lógica de seguridad existencial frente a la expansión de la OTAN hacia sus fronteras, un proceso que Rusia advirtió durante décadas sin respuesta diplomática. El plan de paz de 28 puntos filtrado por la administración Trump —que incluía el reconocimiento de facto del control ruso sobre los territorios ocupados y la renuncia ucraniana a ingresar a la OTAN— confirma la lectura clausewitziana, en cuanto “la guerra como continuación de la política por otros medios”, donde las realidades creadas en el campo de batalla determinan los términos que la diplomacia debe consagrar.
El bloque que desafía la hegemonía anglosajona —Rusia apoyada por drones y misiles iraníes, municiones norcoreanas y la cobertura económica china para evadir sanciones— se ha consolidado materialmente, no solo retóricamente.
Pero quedarse en ese nivel es exactamente la confusión del mapa con el territorio que venimos señalando.
En el nivel materialista —el del territorio de las clases— el cuadro es radicalmente distinto. El pueblo ucraniano, con más de 100.000 militares muertos, cerca de seis millones de desplazados y una deuda pública que creció un 60% entre 2022 y 2024 hasta alcanzar los 160.000 millones de dólares, paga con su sangre y su futuro una guerra geopolítica que no decidió. La ayuda financiera de la Unión Europea —que pasó de 5.000 a 43.000 millones, casi en su totalidad en forma de préstamos— otorga a Bruselas un poder de presión sobre Kiev que no tiene nada de solidario. Es la forma contemporánea del pacto colonial que Fanon describía, donde la «liberación» financia una nueva dependencia.
Y del otro lado, la burguesía rusa tampoco representa ninguna alternativa para los trabajadores ucranianos ni para los propios trabajadores rusos, a quienes el régimen de Putin moviliza bajo una narrativa civilizatoria que no expresa las propias contradicciones de clase internas.
Lo decisivo no es optar entre estos niveles, sino comprender su articulación. La economía política define las condiciones de posibilidad, la geopolítica organiza su expresión estratégica y las formaciones históricas y culturales condicionan su legitimidad y sus límites.
Aplicando la tesis central de este debate, donde el bloque rusochino debilita el unipolarismo estadounidense creando fracturas objetivas en la cadena imperialista, y esas fracturas pueden abrir márgenes de maniobra para los pueblos. Pero no producen por sí mismas ningún horizonte emancipador.
3. Diálogo con Pickering: lo que su crítica aporta y lo que su marco no puede ver
Lo que el artículo aporta y por qué importa
El mérito del artículo de Pickering no es solo académico. Viene de alguien cuya trayectoria personal atraviesa algunas de las fracturas más profundas de la historia chilena reciente. Hijo de un general que eligió la Constitución sobre el golpe, político de centro que transitó las instituciones de la Concertación, analista que hoy escribe con claridad sobre la soberbia imperial desde una tribuna de alcance amplio.
Esa voz tiene un valor político específico, llegando a audiencias que la izquierda no alcanza, y lo hace con argumentos que no pueden ser descartados como «ideológicos» por quienes rechazan el marxismo.
Sus tres aportes sustantivos son sólidos. Primero, la dimensión civilizacional como factor de resistencia. Irán no es un Estado fallido; su continuidad histórica como formación política le otorga un umbral de sufrimiento y una capacidad de reconstrucción que los planificadores del Pentágono sistemáticamente subestiman. Segundo, la ruptura del equilibrio político interno, donde una derrota en Oriente Medio puede fracturar la frágil cohesión de la élite estadounidense, exactamente como la muerte de Craso descompuso el triunvirato romano. Tercero, la advertencia ética y estratégica sobre la prepotencia: su crítica al lenguaje de «doblar civilizaciones complejas» es necesaria en un momento de belicismo creciente, y tiene más fuerza política viniendo de donde viene.
Los límites del enfoque
El primer límite de este enfoque no reside en la irrelevancia de sus advertencias, sino en el nivel en que se sitúan. La memoria histórica, la densidad civilizacional y la experiencia acumulada de los pueblos no son factores secundarios ni meramente culturales. Estas constituyen formas concretas de resistencia y condicionan la legitimidad del poder. En este sentido, la perspectiva de Pickering debe ser incorporada como una dimensión necesaria del análisis.
Sin embargo, hay una pregunta que el artículo plantea implícitamente y no puede responder desde su propio marco: si la lección de Carras es tan clara, ¿por qué los poderosos no la aprenden? Pickering sugiere que es por soberbia o ignorancia de la historia. Esta respuesta es comprensible pero insuficiente. Implica que el problema se resuelve con más sabiduría o con mejores consejeros, cuando en realidad la lógica que empuja hacia la guerra tiene determinaciones más profundas. Dicho de otro modo, la historia explica los límites del poder, pero no por sí sola las condiciones que lo empujan a reproducirse.
El segundo límite es la ausencia de clases sociales dentro de cada bloque. Al hablar de «civilizaciones», «pueblos» e «imperios» como unidades homogéneas, el artículo produce una cartografía que tiende a oscurecer la principal línea de fractura del sistema. El régimen iraní no es «la civilización persa». Es un Estado con contradicciones internas que ha enfrentado levantamientos populares en distintos momentos recientes. Esto no invalida la existencia de una identidad histórica o cultural, pero obliga a distinguir entre formas de legitimación y estructuras de poder.
El tercer límite, que Daniel Jadue ya había señalado en otro plano, es el silencio relativo sobre la economía política del conflicto: el petrodólar, el estrecho de Ormuz, los acuerdos de desdolarización. Sin esos elementos, la guerra aparece como un error cultural cuando en realidad involucra disputas por condiciones materiales de reproducción del sistema.
Aquí se vuelve visible la necesidad de articular niveles: el derecho internacional organiza, la historia constituye el terreno en que el orden se vuelve aceptable o es impugnado, según cómo se articulen memoria, identidad y experiencia social, pero es la economía política la que define las condiciones estructurales en que ambos operan.
Esta omisión no invalida los aportes del artículo; fija sus límites.
Una crítica humanista al imperialismo, una crítica jurídica y una crítica materialista no son contradictorias. Éstas operan en planos distintos de una misma realidad. Su articulación —y no su sustitución— es lo que permite comprender por qué el poder persiste, por qué encuentra resistencias y por qué, a pesar de ambas cosas, tiende a reproducirse.
4. Chile: la misma lógica en condiciones históricas específicas
El caso chileno no es una excepción a estas dinámicas, sino su expresión en condiciones históricas específicas.
El modelo neoliberal chileno —instaurado bajo la dictadura de Pinochet y administrado durante décadas por la Concertación y sus sucesores— logró una estabilidad macroeconómica que fue leída durante mucho tiempo como éxito. Pero esa estabilidad se construyó sobre una base de desigualdad estructural, endeudamiento masivo de los hogares y una profunda fragmentación del tejido social.
En este punto, las dimensiones jurídica, histórica y material vuelven a entrelazarse: el orden institucional organiza esa estabilidad, la narrativa de éxito la legitima, y las condiciones materiales de vida la sostienen y, al mismo tiempo, la tensionan.
El pinochetismo como laboratorio y su legado estructural
Leído desde el marco que venimos proponiendo, este proceso no es solo una secuencia histórica, sino la articulación concreta entre forma institucional, legitimación histórica y condiciones materiales de reproducción del modelo.
La dictadura cívicomilitar chilena (19731990) fue el primer laboratorio global del neoliberalismo, que aplicó sistemáticamente las políticas de la Escuela de Chicago, intento, con ciertos grados de éxito, liquidar el movimiento popular, entregando además los recursos naturales al capital extranjero. Su «éxito» inicial fue ilusorio porque se sostuvo sobre represión masiva y deuda externa. La crisis de 1982 mostró la fragilidad del modelo; las movilizaciones de los ochenta demostraron que su derrota no fue solo ética sino estructural, donde el proyecto económico no podía sostenerse sin represión permanente.
La transición pactada mantuvo la arquitectura neoliberal bajo fachada democrática. Ese fue el verdadero triunfo de largo plazo, imponiendo un modelo que sobrevivió al gobierno que lo instauró. Y fue exactamente ese modelo el que entró en crisis aguda en octubre de 2019, cuando las contradicciones acumuladas —desigualdad, endeudamiento, privatización de derechos— explotaron en una rebelión que la clase política no pudo procesar plenamente. Ese límite no es solo político, éste expresa la incapacidad de las formas institucionales heredadas para resolver contradicciones que tienen su origen en la estructura misma del modelo.
El estallido social de octubre de 2019 no fue un accidente ni una anomalía, sino la expresión de esas tensiones acumuladas. La consigna «no son 30 pesos, son 30 años» sintetizó de forma precisa esa dimensión estructural.
Sin embargo, el ciclo que se abrió con el estallido encontró rápidamente sus propios límites. La canalización institucional del conflicto —el proceso constituyente— operó como un mecanismo de contención que tradujo demandas sociales heterogéneas en un lenguaje jurídicopolítico que no podía absorber completamente su contenido. Aquí se hace visible nuevamente la diferencia entre niveles: la forma institucional puede procesar el conflicto, pero no necesariamente resolver las condiciones materiales que lo originan.
El gobierno de Gabriel Boric representó una tentativa de gestión de esa crisis desde sectores que emergieron del propio ciclo de movilización. Su programa inicial contenía elementos de transformación relevantes, pero su posición estructural —en un contexto de correlación de fuerzas adversa y dependencia de equilibrios institucionales— lo empujó hacia una lógica de administración más que de transformación.
No se trata aquí de condenar o absolver, sino de mostrar cómo las restricciones estructurales operan a través de opciones políticas que no son ni completamente libres ni puramente mecánicas. La apuesta por el “segundo piso” de la reforma tributaria o por la mediación legislativa de las demandas sociales no fue un simple error de cálculo: fue la forma que adoptó la adaptación a una correlación de fuerzas desfavorable. Pero esa adaptación, a su vez, desmovilizó a los sectores que habían hecho posible el ciclo previo. El resultado no fue una derrota inevitable, sino una derrota mediada por decisiones que hoy debemos evaluar críticamente.
El resultado fue una creciente brecha entre expectativas sociales y capacidad efectiva de respuesta, que abrió el espacio para una recomposición conservadora.
La emergencia de la figura de José Antonio Kast debe leerse en este contexto. No como un fenómeno aislado o puramente ideológico, sino como una respuesta política a una crisis de gobernabilidad que no encontró resolución en el ciclo anterior. Esta recomposición no implica un retorno simple al pasado. Ésta se produce bajo condiciones distintas, marcadas tanto por las transformaciones internas del país como por las tensiones del orden internacional.
El énfasis en seguridad, orden y control responde a demandas reales de sectores de la población, pero también cumple una función de rearticulación del poder en un contexto de fragilidad estructural.
Como en los niveles analizados anteriormente, lo decisivo no es optar entre una lectura institucional, histórica o material del proceso chileno, sino comprender su articulación: el Estado organiza, la historia reciente configura expectativas y legitimidades, y las condiciones materiales delimitan tanto las posibilidades de cambio como las formas que adopta la reacción.
5. El sujeto histórico: condiciones y no abstracciones
Estas fracturas geopolíticas —la competencia entre potencias— no permanecen en el cielo de la geopolítica; se materializan en el territorio chileno en forma de presión sobre el cobre y el litio y otros recursos naturales, condicionamientos de deuda externa, reconfiguración de flujos migratorios y militarización de fronteras. Es en el terreno de esos conflictos concretos —no en el de las alianzas entre Estados— donde el sujeto histórico puede o no constituirse. Por eso, la pregunta por las condiciones materiales de la recomposición de clase no es un añadido teórico, sino la clave para saber si las fracturas globales se traducirán en una nueva fase de dominación o en una oportunidad para los pueblos.
Tanto el análisis geopolítico de Jadue como la crítica humanista de Pickering, al menos en los textos referenciados, comparten un límite simétrico, los cuales ninguno vislumbra un papel activo para los movimientos populares. En el primero, los pueblos son objetos del choque entre bloques. En el segundo, son víctimas de la soberbia de estadistas que no leen la historia. En ambos casos, el único agente de cambio posible es la conciencia ilustrada de sectores de élites.
Este límite no es casual, respondiendo al nivel en que cada enfoque se sitúa —geopolítico en un caso, históricocultural en el otro— y a lo que ese nivel permite ver y, al mismo tiempo, deja necesariamente fuera.
La pregunta que el materialismo histórico obliga a plantear es distinta. Qué condiciones concretas hacen posible que el polo del trabajo —fragmentado, precarizado, subordinado a algoritmos, dividido entre trabajadores formales, riders, migrantes indocumentados y emprendedores por necesidad— se constituya en sujeto político capaz de intervenir las fracturas que la crisis abre? Esta pregunta no tiene respuesta abstracta. Depende de las mediaciones organizativas, culturales y políticas capaces de transformar esa heterogeneidad objetiva en una fuerza colectiva consciente.
En el Chile de 2026, esa pregunta no puede responderse invocando simplemente “los movimientos populares” de 2019. La recomposición del sujeto de clase se juega hoy en conflictos concretos que muchas veces no alcanzan los titulares. Mientras el gobierno de Kast implementa su plan de ajuste —retiro de decretos ambientales, militarización de fronteras, ajuste fiscal de 6.000 millones de dólares—, la primera línea de resistencia aparece en lugares menos visibles: en las paralizaciones de faenas mineras por subcontratistas que enfrentan la misma lógica de precarización que los trabajadores de plataformas digitales; en las asambleas territoriales que rearman ollas comunes en poblaciones donde el Estado deja vacíos; en los conflictos por agua, tierra y vivienda que expresan la expropiación de bienes comunes. Es en esa heterogeneidad concreta —no en la invocación abstracta de identidades heredadas— donde se juega la posibilidad de una recomposición de clase.
Planteada en estos términos, la cuestión del sujeto no puede resolverse ni en el plano de la geopolítica ni en el de la apelación histórica, sino en el de la articulación concreta entre condiciones materiales, formas de organización y marcos de sentido compartidos.
En el caso chileno, la recomposición del sujeto de clase no puede partir de identidades heredadas ni de la invocación abstracta de «los movimientos populares». Debe partir de los conflictos materiales compartidos que atraviesan la diversidad de la clase trabajadora contemporánea, dónde la precarización generalizada, el endeudamiento como forma de disciplinamiento social, la expropiación de los bienes comunes, la privatización de derechos que el estallido de 2019 se hicieron visibles. Es en esos conflictos concretos —no solo en la geopolítica de los bloques ni solo en la retórica antiimperialista— donde se juegan las condiciones de posibilidad de una nueva subjetividad histórica.
Aquí vuelve a hacerse visible esa articulación entre niveles: las fracturas del orden global abren márgenes, pero es en el terreno material donde esos márgenes pueden o no convertirse en capacidad efectiva de acción.
En el caso de Ucrania e Irán, la misma lógica aplica. Las fracturas geopolíticas crean márgenes de maniobra, pero solo se convierten en oportunidades históricas cuando existe poder social organizado capaz de disputar, en cada territorio, el control de la producción y la reproducción de la vida. Sin esa mediación, toda disputa entre potencias tiende a resolverse como una reorganización de la dominación, no como su superación.
6. El mapa no es el territorio, pero el territorio necesita mapa y brújula organizativa
A modo de conclusión, este ensayo constituye un ejercicio de hermenéutica materialista. Hemos puesto en diálogo tres niveles de análisis —el jurídico-geopolítico de Jadue, el histórico-civilizacional de Pickering y el de la lucha de clases— no para elegir uno sobre los otros, sino para articularlos y revelar tanto sus aportes como sus límites internos. Ninguno de los tres es falso; cada uno opera en un plano distinto de una misma realidad. El problema surge cuando cualquiera de ellos se absolutiza y se confunde con la totalidad.
La geopolítica ofrece el mapa. Describe las relaciones de poder entre Estados, las fracturas en la hegemonía anglosajona y las coherencias clausewitzianas de actores como Rusia o Irán. La memoria histórica y civilizacional aporta profundidad y advertencia: recuerda que los imperios pueden destruir ejércitos y derribar regímenes, pero rara vez borran pueblos con densidad cultural acumulada. Ambos son indispensables. Sin embargo, solos tienden a dejar fuera el territorio real: el terreno donde se reproducen las relaciones de clase, donde se configuran las condiciones materiales de existencia y donde, en última instancia, se decide si las crisis abren caminos de dominación renovada o de emancipación.
El verdadero “craso error” —el que ni la crítica geopolítica ni la humanista terminan de disipar— es doble: creer que la lógica imperial puede perpetuarse indefinidamente cuando sus bases materiales la contradicen, y creer simétricamente que esas contradicciones producen automáticamente su superación. La historia de Carras, Vietnam, Afganistán, Ucrania y el octubre chileno de 2019 enseña lo mismo: los pueblos no son piezas en el tablero interestatal, pero tampoco son fuerzas espontáneas que se activan por sí solas.
En Chile de 2026, bajo el gobierno de Kast, esta articulación adquiere urgencia concreta. Las fracturas globales (presión sobre el cobre y el litio, condicionamientos de deuda, militarización de fronteras) se traducen en ajustes fiscales, retiro de protecciones ambientales y profundización de la precarización. Esas mismas fracturas pueden abrir márgenes, pero solo se convierten en oportunidad histórica si existe un polo del trabajo capaz de intervenirlas sin ser instrumentalizado por ninguno de los bloques en pugna.
La tarea estratégica, por tanto, no consiste en elegir entre mapa o territorio, sino en construir la brújula organizativa que permita orientarse en ambos. Identificar los conflictos materiales compartidos —en las faenas mineras subcontratadas, en las asambleas territoriales que reconstruyen redes de supervivencia, en las luchas por el agua, la vivienda y los bienes comunes— y tejer mediaciones políticas y culturales que transformen esa heterogeneidad en fuerza colectiva consciente. Sin esa mediación, toda disputa entre potencias tiende a resolverse como una reconfiguración de la dominación, no como su cuestionamiento estructural.
Ni la dinámica de los Estados ni la inercia de la historia sustituyen ese proceso. El territorio sin mapa es desorientación; el mapa sin brújula organizativa es mera erudición. Este debate —iniciado por Jadue, enriquecido por Pickering y continuado aquí— deja abierta precisamente esa exigencia práctica: convertir la comprensión de los niveles articulados en capacidad real de intervención allí donde la crisis ya está poniendo a prueba, muchas veces silenciosamente, las condiciones de una nueva subjetividad histórica.
Fuentes y referencias
Jadue, D. (1 feb. 2026). «El derecho internacional dejará de ser farsa cuando termine con la lógica imperial que lo sostiene». Observatorio de la Crisis.
Pickering, G. (20 mar. 2026). [Artículo sobre Carras y el error imperial]. El Mostrador.
Campusano Alarcón, J. (3 feb. 2026). «La reconfiguración geopolítica del conflicto en Ucrania: un análisis clausewitziano del Plan Trump». Crónica Digital.
Roberts, M. (2021). «La tasa de ganancia en EE.UU. en 2021». Sin Permiso. Datos: Basu y Wasner, Profitability Database. Caída del 27% en tasa de ganancia del sector no financiero entre 1945 y 2021.
SIPRI (2024). Military Expenditure Database. Gasto militar EE.UU.: 997.000 millones de dólares, 37% del gasto mundial.
Infodefensa (ene. 2026). «EE.UU. gasta más de 11.000 millones en su primera semana de guerra con Irán y el Pentágono advierte de alta tasa de consumo de municiones».
CADTM (2024). Análisis de deuda pública ucraniana: crecimiento del 60% entre 2022 y 2024, alcanzando 160.000 millones de dólares. Ayuda financiera UE: de 5.000 a 43.000 millones, casi en su totalidad en préstamos.
Axios / The Telegraph (nov. 2024). «Trump’s 28point peace plan for Ukraine». Plan filtrado que incluía reconocimiento de facto del control ruso sobre territorios ocupados y renuncia ucraniana a la OTAN.
Interferencia (mar. 2026). «Comienza el ciclo de la ultraderecha en Chile». Kast, primer líder de ultraderecha en el Ejecutivo chileno en el período democrático.
Panorama País (17 mar. 2026). «Kast inicia la ejecución de su Plan Escudo Fronterizo».
El Desconcierto (19 mar. 2026). «Inundar la zona: la frenética arremetida comunicacional de Kast». Retiro de 43 decretos ambientales en primeros días de gobierno.
France 24 (dic. 2025). «Seguridad, inmigración y reforma fiscal: el plan de choque de Kast». Ajuste fiscal de 6.000 millones de dólares en 18 meses.
Clausewitz, C. von. (1832). De la guerra. Libro I, Capítulo 1: «La guerra es la mera continuación de la política por otros medios».
Fanon, F. (1961). Los condenados de la tierra. México: FCE. Citas sobre la burguesía nacional y la misión histórica de cada generación.
Perfil del general Guillermo Pickering Vásquez: oficial constitucionalista que renunció al Ejército en agosto de 1973 y se opuso al golpe junto a Carlos Prats.

José Campusano Alarcón es Ingeniero Civil en Minas
Ex Agregado Comercial de Chile en Rusia y Vicepresidente de la Comisión Nacional de Derechos Juveniles (CODEJU) en dictadura. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital.
Santiago de Chile, 26 de marzo 2026
Crónica Digital