
Por Álvaro Ramis
En la antesala de recibir la banda presidencial, José Antonio Kast decidió regalarnos una postal que, lejos de generar esperanza, destila una dosis preocupante de soberbia refundacional. «El futuro de Chile comienza mañana», sentencia en su teaser de campaña gubernamental. La frase, leída con atención, no es un simple eslogan motivacional; es un acto de borrón y cuenta nueva, un desprecio explícito por todo lo construido —con aciertos y errores— en los treinta y seis años de democracia que le preceden.
A estas alturas, uno esperaría que un presidente electo tuviera la grandeza de reconocer que llega a La Moneda no a fundar una república desde cero, sino a administrar y mejorar un país que ya estaba en marcha. Pero Kast parece empeñado en vendernos la ficción de un Chile que despierta recién ahora, como si Gabriel Boric hubiera sido un mero inquilino de paso y no el mandatario que, paradójicamente, le allanó el camino. Como bien se ha señalado, Kast gobierna sobre la normalidad que produjo su adversario: «Boric contuvo la crisis; Kast capitaliza sus límites. Boric reconstruyó la gobernabilidad; Kast promete reforzarla con autoridad». Sin la gestión del orden y la estabilización económica del gobierno saliente, el discurso de «orden» de Kast hoy sería simplemente inviable.
El mensaje del video, «Llevamos mucho, pero empezamos mañana», es una canallada retórica. Llevamos mucho, sí. Décadas de política pública, de avances sociales, de reformas, de ciudadanía organizada. Pero Kast, en su afán de autoproclamarse mesías, decide que todo eso es parte de un pasado que debe ser sepultado. Esa voluntad refundacional no es nueva en él. Ya en campaña se refería al gobierno de Boric como «desastroso» y acusaba a Michelle Bachelet de ser «una de las personas que mayor daño le infligió a nuestra patria». La suya no es una crítica política; es una condena existencial a todo lo que no lleve su firma.
La ironía es que este «nuevo mañana» que Kast promete arranca con una metedura de pata diplomática de antología. Invitar a Flávio Bolsonaro —hijo del exmandatario brasileño condenado por intento de golpe— a la ceremonia de cambio de mando no solo provocó la baja intempestiva de Lula da Silva, sino que evidenció una peligrosa mezcla de amateurismo y sectarismo. Así es difícil proyectar un «futuro» de estadista cuando en tus primeras jugadas internacionales demuestras que pesan más los gestos ideológicos que la razón de Estado.
Y mientras Kast se regodea en su «día cero», el país real enfrenta problemas de delincuencia, inmigración y crecimiento que no entienden de «reset» políticos. La ciudadanía no votó por un terremoto institucional; votó por soluciones. Pero el nuevo inquilino de La Moneda parece más preocupado de marcar su territorio a golpe de declaraciones altisonantes y gestos de ruptura, como el bochornoso episodio en que rompió el proceso de traspaso con Boric acusando falta de transparencia, en un hecho inédito desde el retorno a la democracia.
El futuro de Chile no comienza hoy, señor Kast. El futuro de Chile es una construcción colectiva que viene forjándose desde hace siglos, con hitos brillantes y páginas oscuras. Negar eso es propio de quienes confunden la mayoría electoral con un cheque en blanco para imponer una visión única. La democracia no es un estreno de película donde usted es el director y el resto, meros espectadores.
Ojalá que, pasada la pirotecnia del cambio de mando, el mandatario electo entienda que gobernar no es refundar, sino continuar. Y que la verdadera grandeza no está en decir que todo empieza con uno, sino en reconocer que uno es apenas un eslabón más en la larga cadena de la historia de Chile. El mañana será de todos o no será.

Álvaro Ramis es Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile.
Santiago de Chile, 11 de marzo 2026
Crónica Digital