los límites de la tentación populista – Al servicio de la verdad

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los límites de la tentación populista – Al servicio de la verdad

Por Álvaro Ramis

La segunda vuelta enfrenta a la izquierda a una pregunta incómoda: ¿vale la pena rendirse al populismo para sumar votos, aunque eso desdibuje su identidad? No es solo una estrategia electoral; es una crisis de sentido. Y pocas veces había sido tan evidente.

Cristóbal Bellolio lo resume con agudeza: a Parisi “le gusta el pueblo tal como es. No quiere cambiarlo. Su defensa del mundo tuerca —ruidoso, masculino, contaminante, pero auténtico— no es un accidente, sino la base de su oferta política. Mientras la élite cultural lo mira con distancia, él lo vuelve motivo de orgullo. Nada de exigencias: ni veganismo, ni deconstrucción, ni bicicletas». Mirko Makari afina la idea con brutalidad: “el pueblo no quiere ser salvado”. Con eso da por enterrada la narrativa clásica de la emancipación de la clase oprimida.

Esta mirada avanza porque ofrece un paquete seductor: identidad sin sacrificio, cercanía sin compromiso, emoción sin horizonte común. Conecta con quienes sienten que la política tradicional les habla en un idioma ajeno.

Pero la celebración acrítica de “lo popular” tiene costos. Las identidades populares no nacen puras: son construcciones históricas diseñadas —muchas veces— para dividir y jerarquizar. Tratar esas categorías como sagradas no es respeto: es perpetuarlas. Es reforzar los mismos límites que se dice querer superar.

Cuando la política cambia ideas por espectáculo, las desigualdades quedan fuera de foco. Y lo que debería transformarse —machismos, abusos, ignorancias— empieza a verse como “rasgos del pueblo” que no conviene tocar. La crítica se disuelve; queda solo el aplauso.

La izquierda, sin embargo, no nació para eso. Su misión ha sido ampliar capacidades, autonomía, igualdad. Sí, ese proyecto tiene puntos ciegos: a veces ingenuo, a veces dogmático, siempre resistido por quienes administran el orden actual. Pero sin esa ambición, la izquierda pierde su razón de existir.

De ahí la tentación: ceder un rato, bailar al ritmo populista, capturar el momento. Funciona. Moviliza. Suma. Pero también vacía: se gana volumen, pero se pierde la columna vertebral. El precio es alto y dura más que una elección.

La alternativa no es la moralización ilustrada desde arriba ni negar la vitalidad de la cultura popular. Es hablarle al país desde donde está, pero invitándolo a moverse. Reconocerlo  sin romantizarlo. Acompañar sin absolver.  El populismo calienta el presente pero enfría el futuro. La reconstrucción social promete futuro, pero exige humildad para no desconectarse del hoy.

El desafío es respetar a la gente como es, sin renunciar a ser más. Solo así la izquierda podrá bailar al ritmo de Parisi sin perder su propio compás.

Álvaro Ramis es Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital,

Santiago de Chile, 20 de noviembre 2025
Crónica Digital

 

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