
Por Walter González
Las encuestas de opinión pública se presentan ante la sociedad como un ejercicio de rigor científico, una especie de espejo estadístico que captura el sentir del país. Sus resultados dominan portadas, dictan debates políticos y hasta se usan como detonante para crisis de gobierno.
Sin embargo, bajo la apariencia de neutralidad, yace una verdad incómoda: las encuestas, en su formato de alta visibilidad mediática, ha transitado de ser un termómetro social a una herramienta de influencia política.
Peor aún, en una peligrosa simbiosis con los medios de comunicación social, estas cifras se convierten en un agente activo que no se limita a describir la realidad, sino que la encuadra, la manipula y, finalmente, ayuda a construirla. La pregunta entonces no es si las encuestas se equivocan, sino con qué frecuencia lo hacen a propósito.
Las encuestas se han consolidado como una herramienta en la vida moderna, utilizándose para predecir elecciones, evaluar tendencias de consumo y orientar políticas públicas. Sin embargo, su omnipresencia no debiera confundir: como instrumentos de medición social, presentan limitaciones metodológicas y sesgos inherentes. Más allá de su supuesta función descriptiva, no solo registran sino que a veces pretenden influir en la realidad misma.
LAS LIMITACIONES METODOLÓGICAS
La principal crítica a las encuestas radica en su falta de precisión como espejo de la realidad social compleja, lo que se deriva de un conjunto de factores. El primero es la muestra: una encuesta solo mide una parte de la población total. La validez de sus resultados depende de la representatividad de dicha muestra.
La forma de selección de los encuestados puede introducir un sesgo significativo. Si el muestreo se realiza en línea o por teléfono, se excluye automáticamente a segmentos de la población, distorsionando los resultados.
Por otro lado, las encuestas adolecen de un sesgo probable de la respuesta. El simple acto de preguntar y responder introduce sesgos psicológicos y sociales que afectan la precisión de las respuestas. Los encuestados tienden a dar respuestas que perciben como socialmente aceptables, en lugar de expresar su verdadero sentir.
Más allá de la crítica sobre su imprecisión, la acusación más seria contra las encuestas es que actúan como “fuerzas performativas”; es decir, tienen el poder de influir y moldear la realidad que supuestamente solo pretenden describir.
Se llama Efecto Bandwagon (Carro Ganador), cuando la publicación de una encuesta que, por ejemplo, muestra a una candidatura presidencial con una ventaja considerable puede animar a votantes indecisos a unirse a la supuesta mayoría, prefiriendo “apostar al ganador”. La simple divulgación de una encuesta puede alterar las motivaciones de los votantes y el resultado de la elección.
Las encuestas son, en el mejor de los casos, un indicador imperfecto y lleno de matices de la realidad. Sin embargo, para el ciudadano, el analista y el periodista, debiera ser imperativo abordar las encuestas con un escepticismo radical. En un ecosistema informativo saturado, debieran ser vistas no como mero reflejo de lo que es, sino también como una herramienta potencialmente poderosa que puede intentar decir lo que debe ser. La conciencia de sus limitaciones y su potencial para influir en el comportamiento es clave para evitar que sean usadas no para medir la realidad, sino que para manipularla.
EL CASO DE LOS GABINETES
Un caso claro es la medición de la popularidad o la aprobación de un Ministro de Estado, que suelen caracterizarse por su imprecisión. En Chile, fue el caso de Adimark en el pasado reciente, y en los últimos años de Cadem, cuyas encuestas semanales acaparan titulares y ordenan la conversación política.
A diferencia del Presidente de la República (cuya figura está constantemente en el foco público), la visibilidad de un Secretario de Estado es intermitente e incluso sectorial. Para que una opinión a ese respecto fuera válida, el encuestado debiera tener percepción clara del sujeto. Con un Ministro, esto rara vez es el caso.
Fuera de carteras de alta visibilidad o crisis, muchos ministros escasamente conocidos para una parte significativa del público. Una encuesta que pida una opinión sobre un ministro poco conocido obtendrá un alto porcentaje de “No Sabe / No Contesta”. Cuando se fuerza una respuesta, algunos encuestados pueden inventar una opinión, solo para no parecer desinformados o basar su respuesta en una simple asociación positiva o negativa con el Ministerio.
Por otro lado, las encuestas soslayan la naturaleza técnica de la gestión ministerial. La evaluación de un ministro, especialmente en áreas complejas, requiere de conocimientos técnicos. La mayoría de los encuestados basará su juicio en titulares de prensa y eslóganes, y no en la calidad de su gestión. Esto convierte la medición en una especie de barómetro de la gestión de comunicaciones del ministro, más que de su gestión ejecutiva.
La cartera ministerial que encabeza un ministro es un factor de distorsión crucial que afecta significativamente la precisión de las encuestas, haciendo que midan el nivel de exposición y la naturaleza del objeto permanente del Ministerio, más que la calidad de la labor del ministro que se pretende evaluar.
La popularidad de un ministro en las encuestas está correlacionada con la visibilidad pública e inmediatez del impacto de su cartera en la vida de los ciudadanos. Las carteras como Salud, Educación, Seguridad/Interior y Hacienda tratan asuntos que afectan directamente la vida cotidiana de la población y son temas de conversación constante en los medios y en la esfera personal. Ello beneficia al reconocimiento de nombre del Secretario de Estado que es evaluado: pero la percepción que se expresa se refiere al Ministerio y no al ministro que ocupa temporalmente esa conducción. Este factor es ignorado por las encuestas.
Cuando el encuestado en verdad no conoce al ministro, pero sabe que su cartera es relevante para la economía, su respuesta suele inclinarse positivamente, pero por el valor que se asigna al sector, por asociación indirecta. La gestión técnica pasa a un segundo plano.
En las carteras que manejan asuntos complejos, más técnicos y con una audiencia más bien segmentada o especializada, no obstante su papel crucial el trabajo ministerial es invisible o menos visible para el ciudadano promedio.
LA SIMBIOSIS CON LOS MEDIOS DE COMUNICACION
Una crítica clave que sintetiza el escepticismo sobre las encuestas es el hecho de que su impacto es el resultado de una simbiosis funcional con los medios de comunicación, lo que puede considerarse una forma de contubernio en los hechos para influir en la agenda y la opinión pública. Ello no necesariamente implica un acuerdo formal y secreto, sino una relación de mutuo beneficio y dependencia que maximiza la influencia de los resultados, a pesar de ser imprecisos.
Los medios de comunicación tienen interés en la encuesta por el “valor noticia” que genera. Una encuesta semanal garantiza a los medios un titular noticioso relevante cada lunes. La prensa y la televisión pueden dedicar segmentos enteros a analizar variaciones de solo dos puntos (incluso cuando las cifras están dentro del margen de error). Esta narrativa simplifica temas complejos, pero atrae audiencia y rating.
Para la encuestadora, esta relación es vital para su negocio y posicionamiento. La difusión en los principales noticieros y periódicos es una publicidad invaluable que refuerza su marca como “termómetro” del país. Al ser el punto de partida del debate político semanal, la encuestadora gana legitimidad para establecer temas de discusión y además legitima su metodología, incluso si esta es cuestionable.
Esta simbiosis lleva a que los medios, en su afán por el rating y la simplificación, cometan errores de interpretación que convierten el resultado de la encuesta en un agente activo de influencia.
El hecho es que la encuesta, al tener una relación de dependencia simbiótica con los medios de comunicación, se convierte en instrumento para la influencia más que para la medición. Se genera un círculo vicioso: la encuesta provee a los medios un titular; los medios le dan a la encuesta el poder de establecer la agenda política; y esta agenda, al ser consumida por el público, puede inducir los comportamientos ciudadanos.
Existe un caso que debiera ser motivo de estudios profundos (de las encuestas y la ética en los dispositivos de la opinión pública). No llevaba cinco meses el segundo Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, y todo parecía prosperar para su administración. No existían crisis políticas relevantes, se avanzaba en temas prioritarios de su programa, se cumplía con los compromisos de los primeros 100 días y había estabilidad económica y social en el país.
EL CAMBIO DE GABINETE
El único factor disonante eran las encuestas semanales de Adimark, que desde el primer mes de gobierno hacían las delicias de los medios de comunicación, casi en su totalidad identificados con la oposición. Estos “estudios” mostraban que la mayoría de los ministros tenía baja visibilidad pública, tanto por los factores mencionados, como por el poco tiempo de gestión del Ejecutivo, en cuyo origen la Mandataria procuró incluir “rostros nuevos”.
En agosto, la edición dominical de “La Tercera” publicó un largo reportaje en que señalaba que esas encuestas habían provocado que al interior de la Presidencia y de las directivas de los partidos oficialistas se instalara una conversación sobre la necesidad de un “inminente cambio de gabinete”. Con omnipresencia o basados en supuestas fuentes anónimas (off the record) se daban supuestos detalles de esos intercambios.
La razón del cambio de gabinete, según ese relato, no era una evaluación de gestión de las carteras del gabinete, sino, repetimos, las encuestas que medían la visibilidad: el people meter del Gobierno.
Por semanas y semanas, los editores de los medios instruyeron a sus reporteros para que interrogaran hasta el hartazgo a las autoridades de gobierno o a dirigentes políticos sobre el supuesto cambio de gabinete, que jamás se produjo en ese período. Y no ocurrió porque no era verdad que estuviera en los planes de la Presidenta hacer entonces una modificación de su Gabinete. Lo único cierto es que existían las señaladas encuestas de Adimark, las que permitieron “inferir” a los medios que había una “razón objetiva” para una reestructuración política, mostrando un gobierno en crisis.
De hecho, el primer cambio de gabinete que realizó Bachelet fue en mayo del año siguiente, casi nueves después del reportaje de “La Tercer”, y por razones completamente ajenas a las encuestas.
Y la decisión de emprender modificaciones al gabinete, y los cambios que se introdujeron, no las previó Adimark. Tampoco los medios de comunicación.
Por Walter González. El autor es vicepresidente metropolitano de la Federación Regionalista Verde Social.
Santiago, 7 de diciembre de 2025.
Crónica Digital.