un reencuentro para medir sus posibilidades – La Razón

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Como sucediera con su Chile en Sudáfrica 2010, la Uruguay de Marcelo Bielsa cerrará su participación en la fase de grupos ante España.

un reencuentro para medir sus posibilidades – La Razón

Marcelo Bielsa nunca se dirigió a España, pero su historia con la selección española es, desde hace años, un tejido fino de encuentros, influencias y choques que dejaron marca. España es, para Bielsa, un espejo ajeno pero familiar: un fútbol que absorbió muchas de las ideas que él pregonó desde los años noventa y que, al mismo tiempo, supo vencerlo en las grandes citas. 

El capítulo más evidente de esa relación se escribió en Sudáfrica 2010, cuando su Chile se cruzó con la España de Del Bosque, esa maquinaria paciente y perfeccionada que caminaba hacia el título mundial. Aquel partido fue un duelo de ideologías: la presión asfixiante y vertical del chileno contra la circulación incesante y quirúrgica de los españoles. España ganó por 2-1 con los goles de David Villa y Andrés Iniesta y siguió su camino hacia su primera Copa Mundial, pero el encuentro dejó algo más profundo: la evidencia de que dos modelos distintos podían reconocerse mutuamente en la ambición por dominar el juego.

En los años siguientes, Bielsa se convirtió en una referencia para la gran parte del fútbol español. Sus obsesiones se filtraron en los clubes, sus métodos inspiraron a entrenadores jóvenes, su culto al ataque ya la intensidad dialogó con la evolución de La Liga. España lo admiraba incluso cuando lo enfrentaba; Bielsa miraba a España como a un laboratorio que lograba llevar a la excelencia muchas ideas que él mismo había ayudado a popularizar. Esa relación, hecha de respeto más que de coincidencias, alimentó una expectación silenciosa: tarde o temprano, volverían a cruzarse en un escenario mayor.

Ese momento llegará en 2026, y con una trama novedosa. Bielsa llega al Mundial como entrenador de Uruguay. La Celeste encontró en él una guía que no solo propone intensidad, sino también una modernización táctica que renueva la tradición charrúa sin traicionarla. Uruguay empezó a presionar más alto, a atacar con más gente, a asumir riesgos que antes no formaban parte de su ADN. Bielsa, por su parte, encontró un plantel joven, feroz, con una energía que se acopla casi naturalmente a sus obsesiones.

España, mientras tanto, transita la recta final de su reconstrucción. Ya no es la selección que reinó entre 2008 y 2012, pero conserva un estilo que considera irrenunciable: posesión, paciencia, dominio desde la pelota. El choque con Bielsa, por eso, se siente inevitable, casi literario: dos concepciones del control, una a través de la presión, la otra a través del balón; Dos equipos que creen que el ritmo lo marca el que decide, no el que espera.

El duelo en el Mundial de 2026 tendrá algo de reencuentro, algo de revancha y algo de examen mutuo. Para Bielsa, será la oportunidad de medir a su Uruguay frente a una potencia. Será también la continuación de una historia que empezó hace más de una década: aquella tarde en Pretoria donde España venció a Chile pero reconoció en Bielsa a un pensador incómodo, un rival que obligaba a pensar distinto. Para España, será una prueba contra un entrenador que siempre la miró a la cara y que ahora llega con una selección capaz de desacomodarla.

El partido promete más que un choque táctico: será un diálogo entre visiones. Bielsa llega a 2026 con el mismo fuego, con otra camiseta, con otro país detrás. España llega con una identidad que todavía defiende como si fuera un tesoro, un mecanismo al que le suma verticalidad y la magia de la dupla Pedri-Lamine Yamal. Y cuando la pelota ruede en ese duelo, los dos sabrán que no se enfrentarán solo por puntos: se enfrentarán por la filosofía del juego, por dos maneras de entender el mundo y por la memoria de aquella vez en que sus caminos se cruzaron bajo el sol del invierno africano.

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