Catarsis, la justa – Al servicio de la verdad

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Por Álvaro Ramis

Las derrotas electorales tienden a detonar, casi de manera automática, procesos de catarsis al interior de las militancias. En esos momentos se liberan odios, identidades heridas y frustraciones acumuladas durante años. La cuenta se cobra contra dirigentes y cuadros que no lograron los resultados esperados, o contra decisiones y procesos que, a la luz del desenlace, pasan a ser considerados erróneos. Es un fenómeno comprensible, incluso humano. Pero comprensible no significa necesariamente útil.

Sin duda, la evaluación debe ser siempre un proceso central en la política. Requiere tiempo, radicalidad intelectual y honestidad brutal. No hay reconstrucción posible sin un análisis profundo de las causas de la derrota. Sin embargo, también es cierto que las derrotas generan reflujo: bajan las movilizaciones, se debilitan las trincheras necesarias y se abre un periodo de repliegue justo cuando más se necesita capacidad de resistencia frente a quienes pasan a tener la iniciativa política.

Y este no es un dato menor. El gobierno de José Antonio Kast actuará con extrema celeridad. Designará cargos en plazos breves y avanzará rápidamente en su agenda, amparado en lo que ellos mismos han llamado un “gobierno de emergencia”, con fechas perentorias y prioridades claramente definidas. En ese escenario, sucumbir a la tentación de una catarsis destructiva es, probablemente, lo peor que le puede ocurrir a la izquierda y a las fuerzas que dicen actuar en nombre del pueblo. Esa catarsis sin contención distrae, fragmenta y desordena justo cuando el tiempo político exige foco, disciplina y claridad estratégica.

Por eso, la catarsis debe ser la justa. Debe tener contención y ajustarse a criterios de prioridad política acordes al momento histórico. Hoy esas prioridades son claras: contener los retrocesos en derechos, defender el Estado de derecho, generar un análisis profundo y riguroso de la derrota, y avanzar decididamente en restaurar la confianza perdida de la ciudadanía.

En este punto, conviene mirar experiencias comparadas. El Frente Amplio uruguayo, tras perder la presidencia, optó por un camino distinto al ajuste de cuentas interno. Recorrió el país, escuchó a los distintos actores sociales y sometió su experiencia de gobierno a la evaluación directa de quienes habían sido sus destinatarios. Ese proceso de escucha fue metodológicamente estricto y no tuvo como objetivo justificar lo realizado, sino encontrar, en las propias voces sociales, las claves de interpretación de la derrota.

Esa experiencia ofrece una lección valiosa. No se trata de silencio ni de negación, sino de ordenar los tiempos y los métodos. Una coalición amplia que compartió responsabilidades de gobierno debiera hoy aplicar una metodología similar: escuchar más que hablar, comprender antes que acusar, y reconstruir desde la realidad social concreta, no desde la autocomplacencia ni desde la autoflagelación.

La catarsis es necesaria, pero en su justa medida. Cuando se vuelve destructiva, deja de ser un proceso de aprendizaje y se transforma en un lujo que no podemos darnos. El tiempo político que se abre exige cabeza fría, análisis profundo y prioridades claras. Todo lo demás —por muy liberador que parezca— corre el riesgo de convertirse en una distracción fatal.

Álvaro Ramis es Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile.

Santiago de Chile, 18 de diciembre 2025
Crónica Digital

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