La servidumbre voluntaria en las relaciones internacionales – Al servicio de la verdad

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La servidumbre voluntaria en las relaciones internacionales – Al servicio de la verdad

Por Álvaro Ramis 

La dominación internacional contemporánea rara vez se impone únicamente por la fuerza. No necesita ejércitos de ocupación ni conquistas territoriales formales. Opera, más bien, mediante una red de consensos, incentivos, normas y narrativas que convierten la subordinación en una opción racional, incluso deseable.

En el siglo XVI, Étienne de La Boétie escribió su célebre ensayo La servidumbre voluntaria para interpelar un enigma político que sigue rondando siglos después: ¿por qué los pueblos obedecen cuando podrían no hacerlo? En el plano de las relaciones internacionales, esta pregunta adquiere una forma aún más inquietante: ¿por qué los Estados aceptan, reproducen y defienden un orden global que, en muchos casos, limita estructuralmente su propia autonomía? Como advirtió La Boétie, el poder más eficaz es aquel que logra que los dominados participen activamente en su propia sujeción.

La historia hemisférica ofrece un ejemplo temprano y persistente de esta lógica. La Doctrina Monroe, formulada en 1823 bajo la consigna “América para los americanos”, fue presentada como un principio defensivo frente al colonialismo europeo. Sin embargo, con el paso del tiempo, operó como una arquitectura de jerarquización regional: Estados Unidos se arrogó el derecho de definir qué era aceptable en el continente y qué no. Más que una imposición permanente por la fuerza, la doctrina funcionó como un marco normativo que muchos Estados latinoamericanos terminaron aceptando, internalizando o administrando, aun cuando restringía severamente su margen de autonomía. La servidumbre no fue sólo impuesta; fue, en buena medida, consentida.

En nombre de la “responsabilidad fiscal”, la “credibilidad internacional” o la “seguridad jurídica”, numerosos Estados renuncian voluntariamente a márgenes decisivos de decisión soberana. Tratados comerciales asimétricos, regímenes de inversión que blindan los intereses del capital transnacional, mecanismos de endeudamiento que condicionan políticas públicas y estándares regulatorios diseñados fuera del control democrático funcionan como formas modernas de obediencia consentida. No se trata de imposiciones externas puras, sino de adhesiones internalizadas como sentido común técnico. La lógica monroísta reaparece aquí despojada de su retórica original, pero intacta en su estructura: un centro que define las reglas y una periferia que aprende a cumplirlas.

La actualización contemporánea de esta matriz se expresó con particular crudeza en lo que podría denominarse un “corolario Trump” de la Doctrina Monroe. Bajo la retórica del “America First”, la subordinación dejó de disimularse bajo el lenguaje del multilateralismo o la cooperación. Intervenciones selectivas, amenazas comerciales, sanciones unilaterales y el abierto desprecio por organismos internacionales mostraron que la jerarquía no había desaparecido, solo había sido administrada con mayor pudor en décadas anteriores. Lo novedoso no fue el ejercicio del poder, sino la franqueza con que se exigió obediencia. Y, sin embargo, incluso entonces, muchos Estados optaron por la adaptación antes que por la confrontación, confirmando la vigencia de la servidumbre voluntaria como lógica estructural.

La servidumbre voluntaria en el sistema internacional se expresa, sobre todo, en la naturalización de jerarquías. El lenguaje de la “comunidad internacional” disimula relaciones profundamente desiguales entre quienes definen las reglas y quienes solo las administran. Las grandes potencias se reservan el derecho a la excepción —intervenciones unilaterales, sanciones selectivas, reinterpretaciones convenientes del derecho internacional— mientras los Estados periféricos son llamados a una obediencia estricta en nombre del orden y la estabilidad. La paradoja es evidente: la norma se presenta como universal, pero su aplicación es radicalmente desigual.

Esta dinámica no se sostiene solo desde arriba. Las élites políticas, económicas y tecnocráticas de muchos países cumplen un rol central en la reproducción de la servidumbre. Actúan como intermediarias del orden global, traduciendo intereses externos en políticas internas y presentando la adaptación como modernización inevitable. En América Latina, esta mediación ha sido clave para la persistencia del orden hemisférico: no se gobierna solo desde Washington, sino también desde capitales que aceptan el tutelaje como horizonte de lo posible. La Boétie ya lo había advertido: ningún poder domina sin una cadena de complicidades que lo vuelva cotidiano.

En el campo diplomático, esta servidumbre adopta la forma de un realismo resignado. Se nos dice que “no hay alternativa”, que desafiar el statu quo es irresponsable, que la autonomía es un lujo impracticable en un mundo interdependiente. Pero la interdependencia, tal como está estructurada, no es simétrica: algunos dependen mucho más que otros. Confundir interdependencia con neutralidad es una de las formas más eficaces de ocultar la dominación, del mismo modo en que la Doctrina Monroe ocultó durante décadas su vocación imperial bajo una retórica de protección regional.

Criticar la servidumbre voluntaria en las relaciones internacionales no implica desconocer los límites materiales ni idealizar una soberanía absoluta inexistente. Implica, más bien, recuperar la dimensión política de decisiones que hoy se presentan como meramente técnicas o inevitables. La Boétie no llamaba a la violencia, sino a un gesto más radical: dejar de consentir. En el plano internacional, ese gesto supone disputar las reglas, construir alianzas contrahegemónicas, fortalecer el derecho internacional como límite real al poder y reabrir el debate sobre quién define el interés común global.

Mientras los Estados sigan aceptando sin cuestionamiento un orden que los subordina, la dominación no necesitará imponerse. Bastará con que se administre. La servidumbre voluntaria, ayer como hoy, no es el resultado de la fuerza bruta, sino de la renuncia previa a la libertad. Y en el escenario internacional, desde Monroe hasta Trump, esa renuncia se paga siempre en nombre del realismo, pero se cobra en pérdida de dignidad política.

Álvaro Ramis es Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile.

Santiago de Chile, 7 de enero 2026
Crónica Digital

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