
Por Álvaro Ramis
Durante los últimos meses, sin declaraciones solemnes ni fotografías históricas, parece haberse desarrollado una negociación silenciosa entre las tres potencias fundamentales del siglo XXI: Estados Unidos, Rusia y China. No hubo una ciudad anfitriona ni una mesa formal, pero el resultado es reconocible: una reorganización del mundo por áreas de influencia, sorprendentemente similar —en su lógica, no en sus formas— a la Conferencia de Yalta de 1945. La diferencia central es que esta vez Europa quedó completamente fuera de la sala, junto con el resto de las potencias intermedias.
Este nuevo reparto no se anunció; se ejecuta. Avanza de manera progresiva, pragmática y, en muchos casos, brutal. Las reglas no se escriben en tratados multilaterales, sino que se imponen sobre el terreno. La legalidad internacional cede frente a una lógica de fuerza que creíamos superada, devolviéndonos peligrosamente a los albores del siglo XX, cuando el poder se medía en capacidad de coerción y no en legitimidad compartida.
En este marco, los sucesos de Venezuela no constituyen una anomalía ni un exceso aislado. Son apenas una pieza —importante, pero no decisiva— de este nuevo naipe geopolítico que aún no termina de cuajar, pero cuya forma ya es visible. América Latina reaparece como espacio de reafirmación de influencia estadounidense; Europa se diluye entre su irrelevancia estratégica y su dependencia; Rusia consolida zonas de control duro; China expande pacientemente su presencia económica y tecnológica. El principio rector es implacable: el poder no admite vacíos. El que no ocupa su lugar en el mundo es ocupado por otro.
¿Qué podría alterar este mapa? Probablemente sólo un fracaso muy rotundo de Donald Trump en las elecciones de medio término. Un revés de esa magnitud podría obligar a Estados Unidos a revisar su programa y su estilo de ejercicio del poder. Pero mientras el millonario norteamericano conserve el control político interno, el rumbo difícilmente cambiará. Rusia y China, por su parte, asumen su papel con una frialdad estratégica absoluta: no buscan convencer, sino consolidar.
Este escenario plantea un desafío mayor para los países que no participan del directorio global. La tentación del alineamiento automático es grande, pero también peligrosa. Bajo esta nueva lógica mundial, defender la paz ya no pasa por la retórica, sino por el mantenimiento de grandes equilibrios y por la capacidad de contención recíproca entre potencias. No se trata de ingenuidad, sino de realismo responsable.
Para Chile, la conclusión es clara. No puede ni debe alinearse mecánicamente con ninguna potencia. Su política exterior debe administrar su posición con un criterio estricto de interés nacional, autonomía estratégica y defensa activa del multilateralismo, incluso cuando éste se encuentre en retroceso. Lo contrario —el sometimiento o la servidumbre voluntaria— no sólo debilita nuestra soberanía, sino que nos deja sin margen de maniobra en un mundo que, una vez más, ha decidido ordenarse desde arriba.

Álvaro Ramis es Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile.
Santiago de Chile, 5 de enero 2026
Crónica Digital