La “Solución Final” o la renuncia a la historia como proceso vivo – Al servicio de la verdad

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La “Solución Final” o la renuncia a la historia como proceso vivo – Al servicio de la verdad

Hay palabras que deberían helarnos la sangre al asomarse en boca de un político: “solución final”, “terminar de una vez por todas”, “cerrar el problema”. Suenan a alivio, pero siempre significan lo contrario: la renuncia al pensamiento, al conflicto democrático, a la historia como proceso vivo.

Las soluciones finales no buscan resolver; buscan eliminar aquello que incomoda. Su lógica es simple como un alicate: si algo duele, arráncalo; si alguien molesta, bórralo; si una parte del pueblo disiente, disciplínala hasta que encaje. Es un impulso que reaparece siglo tras siglo, como una fiebre antigua.

Hitler habló de solución final como si el exterminio pudiera clausurar una pregunta histórica. Netanyahu habla hoy de “terminar” con Gaza como si un pueblo pudiese ser anexado al silencio. Los invasores de Irak prometieron ordenar Oriente Medio con quirófano y metralla. En Libia la “intervención quirúrgica” abrió un abismo que sigue abierto. La marca en común no es la ideología, sino el método: cuando un líder declara que hay que “resolver de raíz”, suele querer arrancar la raíz equivocada – la humana. El resultado es siempre el mismo: ruinas, desplazamientos, odio que se hereda como un apellido.

Esto además denota respuestas simplificadas para problemas complejos, que no explican por qué esos dirigentes hacen lo que hacen, pero permiten evitar responder aquello en la modalidad de un “relato”.

En América Latina este viejo impulso reaparece con otros nombres, pero con igual vocación funeraria. Kast en Chile y Milei en Argentina hablan de acabar con “el problema”: el Estado, los pobres, la política, los sindicatos, los derechos, los impresentables, “los que sobran”. Prometen un bisturí que corta gastos, pero muchas veces corta vidas. Prometen simpleza y entregan crueldad disfrazada de eficiencia. ¿No fue eso lo que intentó el Tercer Reich como solución final? Ciencia y método para acabar con el diverso al que se niega cualquier humanidad.

Hoy no se expresa como el fascismo clásico, pero comparte la impaciencia con el conflicto humano. El mismo desprecio por la complejidad. La misma ilusión de que un país puede gobernarse como si fuera una fractura: reducir, inmovilizar, amputar. Y siempre la misma fantasía tecnocrática: si ajustamos lo suficiente, si recortamos lo suficiente, si reprimimos lo suficiente, “todo vuelve a funcionar”. Pero nunca vuelve.

Lo sabemos: ningún sistema complejo puede ser simplificado sin cobrar un brutal precio energético. Todo intento de clausurar un conflicto se convierte en una explosión diferida. La vida no acepta amputaciones sin devolverlas en forma de herida histórica. Hitler quiso borrar un pueblo. Dejó una herencia de horror, un mundo traumado. Netanyahu quiere borrar Gaza. Está borrando la idea misma de justicia. Las intervenciones en Irak y Libia quisieron “limpiar el tablero”. El tablero se incendió. Milei quiere limpiar el Estado como quien pasa una motosierra. El resultado es la ruina organizada. Kast promete “orden” mientras amplifica la fractura social que dice combatir. El problema es que la historia no admite cierres: todo cierre es un colapso.

La “solución final” es un intento desesperado del poder por sellar la grieta para que nada haga ruido. Pero la grieta es necesaria. La grieta es memoria. La grieta es la advertencia de que algo sigue vivo, aunque quieran darlo por terminado. Lo que estos líderes no comprenden es que la grieta vuelve, incluso cuando la sellan con sangre. Lo reprimido reaparece en el punto más débil del sistema, como el retorno de un dolor que anuncia la enfermedad. La entropía política es así: cuando aplastas un conflicto, no desaparece; se reorganiza en el subsuelo, toma cuerpo en otro lugar, regresa con la fuerza de lo no resuelto. Cuando lo que determina la existencia de los problemas permanece, el intento de fijar una escena se vuelve tan estéril como detener las olas.

Las sociedades no mueren por exceso de conflicto, sino por falta de imaginación. Las soluciones finales son el grado cero de la imaginación humana: son la renuncia a pensar, a convivir, a sostener la complejidad del otro. Kast, Trump, Milei, Netanyahu, los invasores de Irak o los planificadores del exterminio en Libia comparten una misma premisa: que el otro es descartable. Y cuando una cultura acepta que alguien es descartable, ya perdió su alma.

La alternativa no es una contra–solución final, sino una política que acepte la incertidumbre como condición natural del mundo. Una política que entienda que todo pueblo es un sistema abierto, y que cada conflicto es una forma de energía que debe ser canalizada, no exterminada.

Las sociedades se sostienen no por los cierres, sino por la capacidad de mantener conversaciones difíciles sin que se vuelvan cementerios. El camino es otro: abrir, no clausurar; escuchar, no expulsar; distribuir energía, no concentrarla en una mano que promete salvarnos destruyendo lo que somos.

El conflicto no es malo y no se trata solo de contemporizar. La superación es lograr una salida que no excluya al otro, sino lo inscriba en una nueva realidad que permita un mundo donde quepamos todos, en nuevos roles y nuevas formas de organizar la vida.

Fuente: lanuevamirada.cl

Por Jorge Coulon y Jaime Bravo.

Jaime Bravo es economista y presidente de la Corporación Encuentro Ciudadano.

Jorge Coulon es músico, escritor y gestor cultural, miembro fundador del grupo Inti Illimani.

Santiago, 19 de diciembre de 2025.

Crónica Digital.

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