cómo la derecha chilena falsifica la historia para justificar la tiranía – Crónica Digital

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Por José Campusano Alarcón

La noche del 11 de marzo de 2026, desde el balcón de La Moneda, José Antonio Kast mencionó a Diego Portales. No fue una referencia histórica inocente. Fue la invocación de un fetiche. La derecha chilena lleva casi un siglo construyendo un Portales a su medida, autoritario, despreciador de la ley, enemigo de la política. Frente a esa impostura, emerge la voz de Orlando Millas, exministro de Salvador Allende, quien devolvió al Portales real, un civil que construyó Estado precisamente para terminar con los militares facciosos. Este ensayo recorre tres miradas sobre el personaje —la del mito conservador, la de la falsificación histórica y la del rescate desde el materialismo histórico— para denunciar el uso que Kast pretende hacer de esa figura, instalar un gobierno de emergencia que, como el Portales del mito, lo invoque sintiendo la tentación de recibir desde “el más allá” el derecho a torcerle la nariz a la Constitución y las leyes (si, la Constitución de Pinochet y algunos más).

Orlando Millas (Santiago, 14 de diciembre de 1918 – Rotterdam, 26 de diciembre de 1991). Periodista, escritor y político del Partido Comunista de Chile. Diputado por tres periodos consecutivos por la Séptima Agrupación Departamental «Santiago» Tercer Distrito, Región Metropolitana, entre 1961 y 1972. Primer Vicepresidente de la Cámara entre el 9 y el 16 de septiembre de 1969. Durante el gobierno del presidente Salvador Allende fue ministro de Hacienda y de Economía, Fomento y Reconstrucción.

I. La creación del mito: Edwards, Encina y el «genio»: autoritario Ninguna figura histórica chilena ha sido más manipulada que Diego Portales. Y los responsables de esa manipulación tienen nombre y apellido, Francisco Antonio Encina y, sobre todo, Alberto Edwards. No fueron historiadores en el sentido riguroso del término, sino ideólogos que disfrazaron de historia lo que era una explícita defensa del autoritarismo.

Edwards, ministro de Carlos Ibáñez del Campo en los años veinte, escribió La fronda aristocrática en Chile (1928) con un objetivo muy claro, justificar la dictadura. Inspirado en Oswald Spengler y su teoría de la decadencia de Occidente, Edwards inventó un Portales que nunca existió. Inventaron al «genio político»; que habría restaurado el orden colonial, al «hombre fuerte»; que sometió a las facciones, al estadista impersonal que encarnaba el «alma» de Chile.

Para Edwards, la democracia era «colocar un arma peligrosa en las manos de un niño». No es casual. El mismo Edwards escribió artículos elogiando a Mussolini y al fascismo, al que definió como 2un hecho de naturaleza espiritual, superior y anterior a la voluntad de los legisladores»;. El Portales que Edwards construyó era el antecesor de ese orden, un líder que gobernaba por encima de la ley, que despreciaba los partidos, que imponía «palo y bizcochuelo»; como método de gobierno.

Este mito tuvo consecuencias políticas inmediatas, sirvió para legitimar a Ibáñez y, décadas después, se convirtió en «parte del discurso legitimador del golpe de Estado de 1973 y la larga dictadura militar». La dictadura se presentó a sí misma como una nueva «era portaliana»que venía a salvar a Chile del «caos» y la «guerra civil». El puente entre Portales y Pinochet no lo construyó la historia, sino los ideólogos del régimen fascista.

Hoy, sus herederos gobiernan Chile.

II. La falsificación histórica: Sergio Villalobos desmonta la estatua Pasarían décadas antes de que un historiador profesional se atreviera a mirar las fuentes sin el velo del mito. En 1989, en plena dictadura, Sergio Villalobos publicó Portales: una falsificación histórica. El título es un programa, desmantelando lo que la tradición conservadora había presentado como historia, que era simplemente una mentira.

Villalobos parte confesando su propia desilusión. Había admirado a Portales, había leído sus cartas una y otra vez, había sentido»la presencia del «genio». Pero el contacto prolongado con las fuentes le abrió «muchos secretos que hubiese preferido ignorar».

¿Qué descubrió?

Que el Portales real no era el estadista respetuoso del derecho que pintaban sus admiradores. Era un hombre que escribía cosas como esta, que «con ley o sin ella, a la señora que llaman Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas». Un hombre que despreciaba a los jueces, a los abogados, al habeas corpus, a «los mamotretos jurídicos» y a las «filosofías de Egaña».

Villalobos nos recuerda algo elemental pero sistemáticamente ignorado, que la historia no es lo que dicen los historiadores, sino lo que dicen las fuentes. Y las fuentes muestran a un Portales cruel, arbitrario, que gobernaba por decreto y consideraba la ley un estorbo. Esa es la «medalla» que los conservadores acuñaron, «a belleza de la imagen sugiere un alto sentido moral»;, pero «toda medalla tiene un reverso y en la de Portales éste es muy áspero».

Villalobos escribió esto en 1989, cuando la dictadura aún gobernaba. Su libro no era solo una corrección histórica, sino una advertencia política, cuidado con quienes invocan a Portales, porque suelen estar pidiendo permiso para violar la ley.

Villalobos no necesitó ser marxista para desenmascarar al Portales de mármol. En el prólogo de su libro, escrito en el verano de 1989 mientras la dictadura agonizaba, confesó su propia desilusión: había admirado a Portales durante años, pero el rigor ante las fuentes le impuso la verdad. ‘He debido ser honesto —escribió— e imitar al filósofo griego que afirmaba ser amigo de Platón, pero más de la verdad».

Que un historiador liberal, formado en la tradición que valora el derecho y las instituciones, haya sido quien demostrara que el Portales real las despreciaba, es la prueba más contundente de que el mito autoritario es, simplemente, una mentira.

III. El rescate de Millas: el Portales antimilitarista.

Pero hay una tercera mirada, menos conocida y quizás más sorprendente. Proviene de un militante comunista, diputado y exministro de Salvador Allende, que escribió un libro sobre Portales en las circunstancias más trágicas imaginables. Me refiero a Orlando Millas y su obra El antimilitarista. Diego Portales, publicada por Ediciones Colo-Colo hacia 1990, pero concebida antes.

Orlando Millas (Santiago, 14 de diciembre de 1918 – Rotterdam, 26 de diciembre de 1991). Periodista, escritor y político del Partido Comunista de Chile. Diputado por tres periodos consecutivos por la Séptima Agrupación Departamental «Santiago» Tercer Distrito, Región Metropolitana, entre 1961 y 1972. Ministro de Economía, Fomento y Reconstrucción del gobierno del Presidente Salvador Allende.

Millas había escrito originalmente un manuscrito titulado Los dos Portales, que estaba en prensa en Editorial Quimantú cuando ocurrió el golpe de 1973. La dictadura no solo asesinó sueños y personas, también quemó libros. El manuscrito de Millas sobrevivió y circuló clandestinamente antes de ver la luz en democracia.

La tesis de Millas es audaz y profundamente original. Sostiene que la médula de la política portaliana fue «extirpar de raíz el cuartelazo militar»  y someter las Fuerzas Armadas al poder civil. Portales organizó guardias cívicas, ridiculizó a los coroneles revolucionarios, colocó a los militares «en los cuarteles». Su proyecto era profundamente civil y anti-caudillista.

Millas cita al propio Portales cuando afirma que «en esa época, la extirpación de raíz, sin
contemplaciones, del cuartelazo, haciendo imposible que se repitiesen los Golpes deEstado militares, fue la médula de toda una política de conjunto que resolvía lascontradicciones sociales en términos que redujeron la influencia oligárquica yacrecentaron la influencia burguesa»

El Portales de Millas no es el enemigo de la izquierda, sino un precursor útil, un hombre de negocios civil que entendió que, sin instituciones fuertes, sin autoridad civil sobre los fusiles, no hay república que valga. Paradójicamente, Portales murió fusilado por un motín militar en 1837. Su muerte es la prueba trágica de que su proyecto —el sometimiento de los militares al poder civil— enfrentaba enemigos poderosos.

Millas escribió esto antes del golpe, pero sus palabras resuenan como una profecía después. Porque el problema que Portales enfrentó en 1830, militares que se creen con derecho a gobernar, es el mismo problema que Chile enfrentó en 1973 y que, de alguna manera, sigue latente.

IV. La paradoja resuelta: el hombre y el proyecto, el mito y la historia

El lector atento podría preguntarse: ¿cómo es posible que el mismo Portales sea, a la vez, el hombre arbitrario que Villalobos desenmascara y el estadista civil que Millas reivindica? ¿No hay aquí una contradicción que debilita el argumento?

No la hay. Lo que ocurre es que estamos ante dos niveles distintos de análisis histórico, y la derecha ha operado una tercera operación que no se corresponde con ninguno de ellos.

Villalobos nos entrega al hombre concreto: Diego Portales, el comerciante estanquero del siglo XIX, un personaje de carne y hueso con todas sus contradicciones. Ese hombre era, efectivamente, autoritario en sus métodos, cruel en ocasiones, y despreciaba los «mamotretos jurídicos» cuando le estorbaban. Villalobos no lo endiosa; lo humaniza, y al hacerlo derriba la estatua de mármol que el conservadurismo había erigido. Su contribución es negativa: destruye el mito, muestra que el Portales idealizado no existió.

Millas, en cambio, opera en un nivel distinto. No desconoce los rasgos que Villalobos describe —de hecho, parte de las mismas fuentes—, pero los sitúa en el marco del análisis histórico-materialista. Lo que Millas rescata no es la personalidad de Portales ni su moralidad, sino el sentido objetivo de su acción política en el contexto de su época. Portales, nos dice Millas, representó los intereses de la burguesía comercial emergente contra la oligarquía terrateniente y contra el caudillismo militar. Su obra fundamental fue sentar las bases de un Estado republicano civil capaz de someter a los militares al poder de las instituciones, aunque para ello usara métodos autoritarios, los únicos posibles en un país que recién emergía del caos en la época posterior a la independencia.

Ese es el «antimilitarismo» que Millas destaca: no una virtud personal de Portales, sino un efecto estructural de su política, cuyas consecuencias históricas trascendieron con creces sus intenciones subjetivas y los defectos de su carácter.

De ahí el título original del manuscrito de Millas: Los dos Portales. Hay un Portales hombre, con sus miserias, y hay un Portales histórico, cuya obra objetiva —la subordinación del poder militar al civil, la creación de institucionalidad republicana, la advertencia contra la penetración extranjera— puede y debe ser rescatada más allá de los límites de su época y de su clase.

La derecha, en cambio, no se queda con ninguno de los dos. No se queda con el Portales real de Villalobos —pues ese Portales, con todas sus arbitrariedades, estaba construyendo Estado, no destruyéndolo—. Tampoco se queda con el proyecto histórico que Millas rescata —pues ese proyecto era antimilitarista, civilista y antiimperialista, valores opuestos a la subordinación a potencias extranjeras y a la militarización de la vida pública que hoy impulsa Kast—. Lo que la derecha toma es un tercer Portales, uno que no existe en las fuentes: el mito creado por Edwards y Encina, la caricatura del «hombre fuerte» que gobierna por encima de la ley, el «genio» que desprecia los partidos y la política, el santo patrono de la arbitrariedad sin límites.

Ese mito no está en las cartas de Portales. No está en los documentos de la época. Está solo en la imaginación de quienes necesitan un símbolo para justificar dictaduras, desde Ibáñez hasta Pinochet, y ahora Kast.

La falsificación, entonces, no consiste en mostrar a Portales como autoritario —Villalobos ya mostró que lo era, a su manera—, sino en presentar ese autoritarismo como un modelo a imitar, despojándolo de su contexto y de su sentido histórico. Una cosa es un hombre que usa métodos expeditivos para fundar instituciones republicanas en el siglo XIX; otra muy distinta es un gobernante del siglo XXI que invoca a ese hombre para destruir las instituciones desde adentro, militarizar la vida civil y subordinar la soberanía nacional a potencias extranjeras.

Kast no es heredero de Portales. Es heredero de Edwards y Encina, los fabricantes del mito. Y el mito, a diferencia de la historia, no resiste el menor contraste con las fuentes.

V. La amenaza presente: Kast y la invocación del falso Portales

Es precisamente ese mito —el Portales que nunca existió, el de Edwards y Encina— el que José Antonio Kast invocó desde el balcón de La Moneda el 11 de marzo de 2026. No fue un adorno retórico, sino la señal de un proyecto político: «a autoridad por sobre el desorden».


Los analistas lo entendieron de inmediato. Gonzalo Müller, de la UDD, calificó el discurso como «restaurador», pues busca «recuperar lo que Chile fue, recuperar el sentido de autoridad y el orden». Cristián Leporati, de la UDP, fue más allá al hablar de «una actitud medio mesiánica» de una «revolución conservadora».

Kast ha anunciado un «gobierno de emergencia» para enfrentar un país que, según su diagnóstico, está en crisis. Ha prometido mano dura, «Plan Implacable», cárceles de máxima seguridad, fin de los «narcofunerales», revisión de la legítima defensa. Su discurso migratorio propone deportaciones masivas, incluso haciendo que los migrantes paguen su propio boleto de regreso.

Pero lo más inquietante no son las medidas, sino el marco. Kast ha dicho que gobernará con «carácter» y «autoridad». Ha evitado mencionar al Congreso en su discurso inaugural. Su llamado a la «unidad» no es una invitación al acuerdo, sino una exigencia de adhesión, como advierte Víctor Maldonado, sociólogo y militante de la DC chilena, cuando señala que «no está convocando a ponerse de acuerdo, está pidiendo que lo sigan en sus ideas»
.
Por su parte, el presidente del Partido Comunista de Chile, Lautaro Carmona, vaticinó la dimensión
geopolítica del accionar de Kast, que se solaza con la ultraderecha global (Trump, Milei, Bukele). Estas declaraciones, realizadas antes de que se materializara en el segundo día de su mandato la firma de una «Declaración Conjunta para el Establecimiento de Consultas sobre Minerales Críticos y Tierras Raras» con el vicesecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, resultaron proféticas. Carmona declaró en enero de 2026 que «si Kast se subordina a las políticas norteamericanas, vamos a estar en el
peor de los mundos respecto a la soberanía como Estado. Hoy es el petróleo de Venezuela, pero mañana puede ser el cobre o el litio de Chile».

Este es el Portales que Kast invoca, no el civil que construyó Estado para domesticar a los militares, sino el mito creado por Edwards y Encina, el «hombre fuerte» que gobierna por encima de la ley, el líder que «viola la Constitución cuando las circunstancias son extremas».

Y ante esto, la cita de Portales que Villalobos rescató debería helarnos la sangre: «con ley o sin ella, a la señora que llaman Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas» ¿Alguien apuesta que Kast no tiene esa frase subrayada en algún lugar?

VI. El verdadero legado de Portales

La disputa por la figura de Portales no es una discusión de eruditos, sino una disputa política sobre el tipo de Chile que queremos ser. La derecha autoritaria ha construido un Portales a su imagen y semejanza, autoritario, despreciador de la ley, enemigo de los partidos, gobernante por decreto. Ese Portales no existió, es una ficción creada para justificar dictaduras, desde Ibáñez hasta Pinochet.

Sergio Villalobos devolvió al Portales real, un hombre cruel, arbitrario, que efectivamente gobernó con mano dura y despreció la Constitución. Pero ese Portales real no es un modelo a imitar, sino una advertencia sobre los peligros del poder sin contrapesos. Orlando Millas, desde la izquierda, nos ofreció una lectura más generosa y, paradójicamente, más útil para el presente, la del Portales que construyó Estado para terminar con los militares facciosos, el civil que entendió que sin autoridad sobre los
fusiles no hay república. Ese Portales —el antimilitarista— es el único que merece ser rescatado.

cómo la derecha chilena falsifica la historia para justificar la tiranía – Crónica Digital

Kast ha elegido invocar al falso Portales, al del mito, al que justifica la arbitrariedad. Su «gobierno de emergencia», su promesa de gobernar con «carácter· y «autoridad», su silencio sobre el Congreso, su diagnóstico apocalíptico del país que recibe, todo apunta a un proyecto que se siente con derecho a violar la ley cuando «las circunstancias son extremas».

Los chilenos sabemos cómo terminan esas historias. Las terminamos de escribir, con sangre y dolor, entre 1973 y 1990. Por eso es tan importante denunciar esta falsificación. Porque cuando la derecha invoca a Portales, no está haciendo historia, está preparando el terreno para el autoritarismo y algo más.

El verdadero legado de Portales no es el autoritarismo, sino la construcción de un Estado civil capaz de someter a los militares. Ese legado —el que Millas rescató— es el único que merece ser defendido hoy. Frente al canto de sirena del «hombre fuerte», frente a la tentación de violar la Constitución «cuando las circunstancias son extremas», recordemos la lección, que el poder sin ley no es orden, sino tiranía. Y los chilenos ya pagamos muy caro esa lección.

 

José Campusano Alarcón
Ingeniero Civil en Minas
Vicepresidente de la Comisión Nacional de Derechos Juveniles (CODEJU) en dictadura.
Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital

Santiago de Chile, 16 de marzo 2026
Crónica Digital

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