
A la educadora que comparte sueños cerca del mar
Han transcurrido 69 años desde que Lucila Godoy Alcayaga, Gabriela Mistral, partió de este mundo. Como se sabe, fue una poetisa notable, diplomática, profesora y pedagoga. Por su monumental trabajo poético, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1945, convirtiéndose en la primera mujer iberoamericana y la segunda persona latinoamericana que recibió ese galardón. Es una de las figuras más relevantes de la literatura chilena y latinoamericana.
Nació en una familia modesta, se desempeñó como profesora y llegó a ser una importante pensadora respecto al papel de la educación pública, participando en la reforma del sistema educacional mexicano. A partir de la década de 1920, Mistral tuvo una vida itinerante al desempeñarse como cónsul y representante en organismos internacionales en América y Europa. Mientras residía en una casa que miraba sobre la bahía de Napoles fue entrevistada por la periodista Lenka Franulic. El resultado de esa conversación quedó registrado en la revista “Ercilla” del 27 de mayo de 1952, cinco años antes de su fallecimiento.
Franulic también fue una mujer notable. Fue una periodista chilena, considerada la primera mujer en desempeñar esta profesión en Chile. Inició su carrera en la progresista revista “Hoy”, en la cual escribió sus primeros trabajos de carácter cultural. Luego, en la revista “Ercilla” se inició como entrevistadora, para después ser directora de la Radio Nuevo Mundo y, más tarde, reportera de las emisoras Nacional, Cooperativa, Agricultura y Minería.
Entrevistó a destacados personajes de su época, como Jean Paul Sartre, el mariscal Tito de Yugoslavia, Juan Domingo Perón, Eleanor Roosevelt, Nicolás Guillén, Fidel Castro, Anastasio Somoza y Simone de Beauvoir.
Creó el Círculo de periodistas de Santiago y, en 1953, participó en la fundación de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1957. Asimismo, fue galardonada como Mejor periodista del año por la Sociedad Profesional de Mujeres Periodistas de los Estados Unidos, la única chilena que ha recibido este honor. Murió en 1961, cuatro años después de la partida de Gabriela.
En la entrevista a la poetisa comentó que en Napoles, “rodeada de sus libros, con sus 62 años, de espaldas muy erguidas, permanece Gabriela Mistral con el recuerdo tendido hacia la larga y estrecha geografía de Chile, la que conoció de norte a sur durante sus años de maestra. Con su hablar lento y reposado, pasa horas enteras recordando hechos, personajes y lugares. Su memoria es una placa fotográfica que registra minuciosamente los sucesos más nimios de su infancia y de su Valle de Elqui, sobre el cual tiene anécdotas interminables. Ellos han quedado fijos en su retina, mientras muchos grandes recuerdos de sus horas de triunfo parecen haberse esfumado o perdido importancia”.
“Y es que los éxitos no le valen de nada a una, chiquita, cuando llegan a destiempo”, le dijo a Franulic, quien anotó que fue “una de esas frases que parecen sentencias y que Gabriela enuncia simplemente, como si no midiera su alcance, al correr de la conversación, como si ella misma no midiera su alcance. Y agregó la poetisa: “El secreto de la felicidad está en la oportunidad con que nos llegan las cosas”.

LA NOCHE OLVIDADA
Franulic comentó que “jamás escuché de Gabriela las palabras ‘éxito’ o ‘triunfo’, que otros emplean con tanta ligereza y satisfacción. Parece que estuvieran ausentes de su vocabulario. A una pregunta mía destinada a precisar un hecho sobre el cual sus biógrafos no han estado de acuerdo, como el que la hace aparecer asistiendo, escondida entre el público de la galería del Teatro Santiago, a la velada memorable en la que fueron premiados ‘Los sonetos de la muerte’, me confesó que no se acordaba”.
Señaló Gabriela: “La verdad es que no me acuerdo, chiquita. Dicen que yo no fui a leer mis versos porque no tenía un traje apropiado. Esto último es muy probable y debe haber sido así. Pero no recuerdo los detalles de aquella noche. Tampoco están las gentes de acuerdo en si fue Víctor Domingo Silva o Julio Munizaga quien leyó mis versos. Yo creo que fue Julio Munizaga. El hecho es que cada cual ha escrito mi biografía a su manera y casi todas están llenas de errores. Los biógrafos insisten en mencionar el pueblo de Vicuña asociado a mi nombre, y hasta se ha puesto una placa conmemorativa en una casa. Sin embargo, la casa en que yo nací no existe ya. Yo misma la vi caída en el suelo. Es cierto que nací en Vicuña, pero a los diez días mis padres me llevaron al pueblo de La Unión, donde se habían casado”.
Gabriela se refería a la actual localidad de Pisco Elqui, que hasta 1936 se llamó La Unión, en la comuna de Paihuano, en el Valle del Elqui.
Continuó la poetisa: “Mi nacimiento en Vicuña fue un puro azar. Mi infancia la pasé casi toda en la aldea llamada Monte Grande, por la que nadie ha hecho nada y ni la nombran siquiera. Si quisieran darme placer, es allí donde deberían hacer algo en mi recuerdo. Me conozco sus cerros uno por uno. La última vez que estuve en Chile había todavía viejitas en Monte Grande y La Unión que se acordaban de mi mamá y en recuerdo de ella me festejaban haciéndome desayunar hasta tres veces seguidas, con mate”.
LA PESADILLA
Franulic comentó que “para Gabriela, Vicuña significa un recuerdo penoso asociado con su breve paso por la Escuela Primaria. Es un recuerdo de pesadilla digno de Kafka y que marcó dolorosamente su infancia, retraída y sensitiva”. Y reprodujo la historia que contó:
“La directora de la escuela, que había sido maestra de mi hermana Emelina, era mi madrina y tenía una reputación de santa. Estaba casi ciega y por ello me hacía que yo la acompañara al colegio para no tropezar en la calle. Yo tenía ocho años. Mi hermana me había encargado también al visitador de la de la escuela, don Bernardo Araya, a quien le gustaba conversar con los niños y me hacía ir todos los domingos a su casa. Cada vez me regalaba papel, pluma y lápices. Estos detalles parecen tontos, pero no lo son en relación con lo que voy a contarte. Mi madrina me había puesto para que yo repartiera el papel a las demás alumnas. Yo era tímida y las otras muchachas audaces y con un manotón me quitaban siempre más cuadernillos. Resultado, el papel se acabó antes de la mitad del año. Cuando esto ocurrió, me acusaron a mí de habérmelo robado. La directora sabía que mi hermana era profesora y me daba todo el papel que yo quería, y otro tanto hacía don Bernardo Araya. Para que iba yo entonces a robarme el papel. Sin embargo, fui acusada de ladrona, y la directora, aquella mujer considerada como una santa, dio una lección contra el robo mirándome a mí. Yo, que era una niña puro oídos y sin conversación, no dije nada. A este propósito, sus amigas le decían siempre a mi madre: ‘Vos tan conversadora, y a esta niña no se le oye nunca la voz’. Pues bien, aquel día, cuando oí a la directora, yo me quedé trabada, sin poder enunciar palabra”.
LA EXPULSION
“Después de aquello me quedé un tiempo de vaga en la casa –prosiguió Gabriela–. Me pasaba las horas en el huerto con los árboles que eran mis amigos, hasta que mi hermana decidió que yo no podía seguir así. Por aquel entonces ella se casó con un hombre con dinero. Pero a su marido no le gustaba tener a su suegra y su cuñada en la casa. Inventaron entonces ponerme en la (Escuela) Normal de La Serena. Di los exámenes con nota buena. Yo no sé de donde consiguió mi mamá, que era una viejecita con estatura de niño, los tres mil pesos de fianza que exigían, y que para aquel tiempo eran una suma enorme. Es el hecho que llegó el día de mi ingreso a la Normal. La directora era una yanqui que apenas hablaba español, de modo que salió a recibirnos la subdirectora, Teresa Figueroa de Guerra, para decirle a mi mamá que yo no estaba admitida. Mi mamá, que era porfiada, insistía en que yo había salido bien y tenía la fianza. Fue inútil. Entre tanto, yo permanecía muda y sin comprender nada. Solo años más tarde supe porque yo había sido recibida primero y luego de la Normal, de boca de la propia Teresa Figueroa. Resulta que por aquel tiempo yo leía libros que me prestaba un curioso hombre que yo conocía, don Bernardo Ossandón, un astrónomo que me había hecho leer a Flammarion”.
Camille Flammarion, fallecido en 1925, fue uno de los astrónomos y divulgadores científicos más influyentes de la historia, a menudo comparado con figuras modernas como Carl Sagan por su capacidad para apasionar al público general con los misterios del universo.
Gabriela detalló que, a raíz de esas lecturas, “yo había escrito un artículo en que decía que ‘la naturaleza era Dios’. A causa de aquella frase pagana el capellán de la Normal dijo, en el Consejo de Profesores: ‘Esta niña es naturalista’, y pidió que yo no fuera admitida. Yo ni siquiera conocía el significado de aquella palabra”.
MAESTRA INTERINA
“Por aquel entonces mi cuñado se había arruinado y yo tuve que trabajar para sostener a mi madre. Gracias a una compañera de ella, doña Antonia Molina de Rigada, que conocía al visitador, un tal Villalobos, quien le debía su puesto, conseguí la única vacante posible, en el pueblecito de Compañía Baja (hoy un sector de la comuna de La Serena). Así me inicié como maestra interina a los catorce años de edad y con alumnos que a menudo eran mayores que yo. Ser maestra interina era por aquel entonces una calamidad. Siempre pospuesta y mirada en menos por las demás tituladas. Luego vino el campanillazo de que las interinas teníamos que ir a dar exámenes a Santiago. Cuando me tocó el turno, yo temblaba de miedo. Afortunadamente me encontré con una mujer comprensiva, doña Brigida Walter, directora de la (Escuela) Normal, quien me dio un trabajo escrito. Después de verlo, me llamó aparte y me dijo que leyera mucho. Aquella fue la primera lucecita de esperanza”.
Contó Gabriela que “luego me nombraron en Barrancas, cerca de Santiago”. La localidad de Barrancas en el sector poniente de la capital, la misma a la que cantó Víctor Jara en su álbum “La Población”, era por entonces una zona eminentemente rural. En la dictadura, la popular comuna pasó a llamarse Pudahuel, y de su territorio se desprendieron las actuales comunas de Lo Prado y Cerro Navia.
Tiempo después, relató la poetisa, “Fidelia Valdés me metió en la enseñanza secundaria. Me llevó a Traiguén y más tarde a Antofagasta y Los Andes, que fue donde más duré”.
“Esta es mi historia chilena”, concluyó el relato de Gabriela sobre esa etapa de su vida.
Por Víctor Osorio. El autor es periodista.
Santiago, 11 de enero de 2026.
Crónica Digital.