
Un dato relevante pareciera haber sido omitido en la polémica sobre la “canutofobia” que supuestamente explicaría los cuestionamientos a Judith Marín Morales, designada por José Antonio Kast como futura Ministra de la Mujer y la Equidad. Este antecedente concreto es que el Partido Social Cristiano (PSC), que integró la coalición que respaldó la candidatura del ahora Presidente electo, claramente no es expresión del mundo evangélico chileno.
De la misma forma que las opiniones de un católico no comprometen necesariamente a la institución eclesial a la que adscribe, los puntos de vista que se han conocido a Marín solo representan las definiciones y opiniones de esa colectividad, en la que Marín ejercía como secretaria general desde su conformación legal el 16 de febrero de 2023.
Los datos fácticos lo demuestran. Según los datos oficiales del Servicio Electoral (SERVEL), el Partido Social Cristiano al 31 de diciembre de 2025 contaba con un total de 13.351 afiliados en todo el país, ubicándose en el lugar N° 15 entre 24 partidos políticos con existencia legal.
Por otro lado, en la elección de diputados de noviembre pasado, el PSC concurrió en el pacto “Cambio por Chile”, junto al Partido Republicano y el Partido Nacional Libertario. Lograron solo un 3,39 por ciento, con 363.900 votos. Es una de las colectividades políticas que serán disueltas por no lograr el 5% de los votos válidamente emitidos en la elección de diputados, ni tampoco tener cuatro diputados, requisito establecido en la Ley Orgánica Constitucional de los Partidos Políticos para mantener vigencia legal.
Si el Partido Social Cristiano fuera representativo del mundo evangélico, esos paupérrimos resultados son inexplicables. Ello, porque según los resultados del Censo 2024, en Chile hay un 16,3% de la población que se identifica como evangélica o protestante, lo cual en las personas mayores de 18 años significa aproximadamente 2.380.000 personas.
Es decir, por el Partido Social Cristiano votó cerca del 15% de la población evangélica chilena, en la hipótesis de que la totalidad de sus electores hubieran sido personas que adscriben a esa religión.
Esta tendencia se confirma si ponemos la mirada en las regiones en que existe una mayor cantidad de personas que adscriben a las iglesias evangélicas: en el Biobío, los evangélicos son un 33,5% de la población y el PSC obtuvo un 9.06 por ciento (su mejor resultado); en La Araucanía, los evangélicos son 27,5% y el PSC logró un 3,88%; y en Los Ríos son el 25,8% y el PSC llegó apenas al 1,74%.
Este fenómeno tiene varias explicaciones. La primera es que, desde sus orígenes, el mundo protestante y evangélico ha sido una multiplicidad de iglesias, denominaciones, ministerios, corporaciones y misiones, separadas por diferencias de todo tipo: históricas y teológicas, de concepciones de la iglesia, reconocimiento de liderazgos y juicios en materia contingente. En el período autoritario, mientras entidades como la Confraternidad Cristiana de Iglesias participaba en la defensa de los derechos humanos, el denominado Consejo de Pastores organizaba el “Te Deum evangélico” al dictador.
El Partido Social Cristiano remonta sus orígenes a 2001, cuando emergió el grupo “Águilas de Jesús” en la Universidad de Concepción a fin de competir por espacios políticos en dicha Casa de Estudios. Héctor Muñoz, uno de sus principales articuladores de las “Águilas” y del PSC, hoy es alcalde de la comuna de Concepción y es vicepresidente de la colectividad. También fue impulsor de una experiencia partidaria anterior, la que también terminó en fracaso: el Partido Conservador Cristiano, disuelto en 2002, que en la elección de diputados del año anterior logró un escuálido 0,64%.
Esto se explica porque en los sectores conservadores de las iglesias evangélicas hay quienes piensan que no se debe participar en política, por considerarla “mundana” (como es el caso de la Iglesia Evangélica Pentecostal, una de las más antiguas y grandes), y otras no censuran la participación política, pero desestiman la idea de un “partido evangélico” (como opinarían las corrientes en que se encuentra escindida la Iglesia Metodista Pentecostal). A ello, por cierto, hay que agregar las iglesias y entidades evangélicas con más simpatías por el campo político progresista.
Por último, con la población evangélica ocurre algo similar a otras expresiones religiosas, cristianas o no cristianas: no tienen una identificación política homogénea.
El Partido Social Cristiano es un partido político, no una institución religiosa, que ha decidido participar en la democracia y por tanto en sus legítimos debates en una sociedad plural y en el contexto de un Estado laico. Por lo demás, su Declaración de Principios manifiesta que son “personas con una cosmovisión cristiana”, pero “sin ser confesional”. No es una entidad representativa de institución eclesial o alguna, por lo que no puede invocar la religiosidad de sus participantes para hacerse inmune a la crítica en democracia.
Imagen de cuenta del Partido Social Cristiano en X.
Santiago, 1 de febrero de 2026.
Crónica Digital.